Atentado en Caracas


Autor: Felipe Pigna

Las presiones del gobierno de la “Revolución Libertadora” para que Perón abandonara su exilio panameño antes del comienzo de la reunión de presidentes americanos que se celebraría allí en julio de 1956 a la que asistiría el presidente de facto Pedro Eugenio Aramburu, llevaron a que, gracias a los contactos hechos por Jorge Antonio, “el general” pudiera instalarse en Caracas el 8 de agosto de ese mismo año junto con su nueva compañera María Estela Martínez, que actuaba con el nombre artístico de Isabelita, La “Libertadora” había decidido atentar nuevamente contra la vida de Juan Domingo Perón. El primer intento fue un tanto surrealista.

Según me contaba uno de los cercanos colaboradores del presidente depuesto en el exilio, Ramón Landajo, fue motorizado por el embajador en Venezuela, el general Toranzo Montero, quien habría contratado en Tánger a un sicario llamado Jack:
un loco que fue y le tocó el timbre al General. Lo atendió Pablo Vicente. Le dijo: “Quiero hablar con Perón”. “¿Por qué?”, le preguntó Vicente. “Porque lo vengo a matar”. Entonces, primero Vicente se rió y después tomó ciertas precauciones. Pensó que ya no le gustaba y se lo comunica a Perón. Un día suena el teléfono y Vicente le dice a Perón: “Quieren hablar con usted, General”. El General va al teléfono y le dicen: 
—¿Usted es Perón?
—Sí, soy yo. 
—Ah, tengo que hablar con usted.
—¿Por qué?
—Porque vengo a matarlo. 
—Bueno, cómo no. ¿Qué quiere hablar conmigo? 
—¿Puedo hablar personalmente?
—Sí, cómo no.
Esto lo desarmó completamente porque si le había dicho que lo iba a matar, ¿cómo lo iba a recibir? Y bueno, le contó la historia. Le habían adelantado dinero. Se lo había dado Toranzo Montero. Y cuando lo ve a Perón le dice: “¿Y por qué lo voy a matar a usted si yo a usted no lo conozco?”. 1

El segundo intento fue mucho más serio y se planeó desde Buenos Aires. Le encargaron la misión a la misma dupla a la que se la había encomendado el “trasladado” clandestino del cadáver de Evita al cementerio mayor de Milán bajo el falso nombre de María Maggi de Magistris, el coronel Héctor Cabanillas y el sargento primero Sorolla.

Cabanillas, un antiperonista fanático, había planeado y participado en dos atentados fallidos contra Perón. El primero se produjo en octubre de 1945 cuando integró un comando que iba a secuestrar al entonces coronel de los trabajadores para fusilarlo, pero evaluaron que no estaban dadas las condiciones políticas para hacerlo en plena efervescencia popular que culminaría en la jornada del 17. El segundo intento frustrado fue a poco de producirse el golpe “libertador”, el 22 de octubre de 1955, cuando Perón estaba exiliado en Villa Rica, Paraguay. La idea no había cambiado: lo secuestrarían, lo cruzarían al pueblo argentino más cercano, Puerto Esperanza, y allí lo matarían. A pesar de que la operación fue planeada minuciosamente, fue  descubierta por la seguridad de Perón y los servicios secretos paraguayos. El fracaso fue total y gran parte de los funcionarios militares argentinos implicados fueron detenidos y encarcelados durante meses en el vecino país. Cabanillas pudo zafar.

Por aquellos días de 1957,  Cabanillas estaba nuevamente en acción y le dio una orden precisa a su estrecho colaborador: tenía que hacerse pasar por un peronista rabioso hasta caer preso. Una vez detenido, debía fingir una crisis nerviosa para ser trasladado al hospital y de allí fugarse a Montevideo con la ayuda de su socio en la desaparición del cuerpo de Evita, el coronel Hamilton Díaz. La noticia del “preso peronista” fugado comenzó a correr y, como se pretendía, llegó a oídos de Perón. De Montevideo, Sorolla llegó en un accidentado viaje por tierra a Caracas en abril de 1957 y fue a ver al General, quien lo recibió como a un héroe de la resistencia. Al creerlo desamparado, terminó contratándolo como mecánico y guardaespaldas. Sorolla se ganó de tal manera la confianza de Perón, que lo acompañaba en sus caminatas diarias portando su pistola 45. El 22 de mayo, Sorolla hizo contacto con funcionarios del gobierno argentino de la “Revolución Libertadora” que le entregaron la bomba que debía colocar debajo del motor del Opel del General, junto con un papel que le indicaba que el atentado debía concretarse el día 25 de mayo: era la forma en que la “Libertadora” pensaba celebrar la fecha patria. Sorolla le dijo a Perón que había recibido una carta de Buenos Aires donde le anunciaban que su madre estaba muy grave y que tenía que emprender el complicado regreso sorteando a los esbirros de la dictadura, entrando por Carmelo con la ayuda de algunos compañeros de la resistencia. Perón le creyó y hasta le ofreció dinero. La noche del 24 también se despidió de su “amigo” el chofer Isaac Gilaberte, no sin antes decirle que se quedara tranquilo que le iba a hacer unos ajustes al motor para que todo quedara perfecto para la jornada del 25, en la que Perón estaba organizando un gran asado. 2

Decía el diario El Nacional de Caracas del 28 de mayo de 1957:
Una bomba de tiempo, que se supone fue conectada a medianoche al sistema de encendido del motor, estalló a las siete y cinco de la mañana del día sábado dentro del automóvil del ex presidente Juan Domingo Perón. El proyectil estalló ruidosamente haciendo volar la tapa del motor del vehículo cuando el chofer Isaac Gilaberte iba en busca del ex mandatario. El pequeño carro se incendió a medias por la explosión y 82 ventanas se fragmentaron en 17 departamentos de tres edificios de la cuadra.

Perón y el hombre que tantas veces había querido matarlo se vieron las caras a comienzos de septiembre de 1971. El coronel Cabanillas tenía ahora la misión de entregarle a su acérrimo enemigo el cadáver de Evita, de “esa mujer” a la que había odiado con tanta prolijidad.

Referencias:

1 Entrevista del autor a Ramón Landajo en Felipe Pigna, Lo pasado pensado, Buenos Aires, Planeta, 2006
2 Tomás Eloy Martínez“La tumba sin sosiego”, La Nación, 5 de agosto de 2002.

Fuente: www.elhistoriador.com.ar