Pedro Bohorquez


Autor: Felipe Pigna

Pedro Bohorquez nació no muy lejos de Granada, en Andalucía. Nadie sabe bien de dónde sacó sus dotes de cuentero e inventor de empresas fantásticas. Bohorquez comenzó a ser conocido en el Nuevo Mundo a mediados del siglo XVII, cuando llegó a Lima con el único patrimonio de su audacia y su habla desenfadada. Gracias a ellas, consiguió que las autoridades virreinales le financiaran una expedición que pretendía descubrir la fantástica ciudad de Paytiti: el intento fracasó rotundamente y Bohorquez fue a parar a la cárcel por embustero. Cundo quedo en libertad se fue para el Tucumán colonial, donde estrechó relaciones con los indios. Alrededor de 1656 los enfrentamientos entre españoles y aborígenes atravesaban un período de relativa calma, que no tardo en alterarse con la aparición del andaluz, un buen conocedor del idioma y de la psicología del indio, y se dedicó a hacer proselitismo entre los naturales agitando la bandera de su liberación y afirmando que era descendiente de los Incas.

Un poco por candidez y otro poco porque los propósitos que reclamaba interpretaban los anhelos indígenas, Bohorquez consiguió el apoyo de varios caciques, entre ellos el del influyente Pedro Pinguanta, que ayudó en forma decisiva a difundir su prédica levantisca.

Cuando los españoles se enteraron de las andanzas del agitador, procuraron apresarlo, pero Pinguanta lo ayudó a refugiarse en los valles calchaquíes, donde fue reconocido como un verdadero descendiente de los Incas.

Tiempo después, Bohorquez convenció a tres misioneros de que su jefatura podía facilitar la conversión de los indios y les encareció que intercedieran por él frente a las autoridades del Tucumán.

Para el asombro de muchos, el gobernador Alonso de Mercado y Villacorta le propuso celebrar una entrevista en la ciudad de Londres (o Pomán, según los documentos de la época). La localidad no tardó en presenciar un encuentro espectacular: pomposamente ataviado con la vestimenta indígena, y escoltado por una gran cantidad de caciques, Bohorquez fue recibido por el gobernador como una gran personalidad, en medio de públicas muestras de respeto. Cuando llegó el momento de las negociaciones, el andaluz manifestó que si se lo reconocía como Inca sería bastante sencillo convertir a los indios al cristianismo, e insinuó, además, que revelaría el escondite de sus grandes riquezas. El obispo Maldonado y Saavedra y otros funcionarios rechazaron la propuesta, pero Mercado y Villacorta acepto el juego: nombró a Bohorquez teniente gobernador y justicia mayor de la región, y exigió que proclamara en pública ceremonia su decisión de convertir a los indios a la fe católica, hacer uso prudente de su título de Inca y obedecer las órdenes del gobernador español.

Por supuesto, el singular monarca no tuvo reparos en aceptar todas esas condiciones para lograr así una posición que ningún otro español podía alcanzar en América: ser un funcionario importante entre sus compatriotas y al mismo tiempo ser el rey de los indios. Pero su larga ambición lo perdió. Dueño de enorme prestigio entre los naturales, sobrestimó tal vez su poderío y se dedicó a formar un ejército aborigen. Estos aprestos bélicos afectaron las buenas relaciones que mantenía con las autoridades españoles y el virrey del Perú ordenó a Mercado y Villacorta que apresara al falso Inca y lo enviara a Charcas, pero ya era demasiado tarde: los bravos calchaquíes volvieron a alzarse en pie de guerra y de poco valió que muchos caciques se desengañaran con las intenciones del presunto Inca y que los españoles intentaran minar su prestigio, lo declararan traidor y procuraran en vano envenenarlo.

La promesa del gobernador de perdonar a los indios que abandonaran a Bohorquez tampoco surtió efecto y el enfrentamiento se hizo inevitable.

El fuerte de San Bernardo, a tres kilómetros de Salta, fue el escenario de una sangrienta batalla en la que más de 200 guerreros indios estrellaron su valor contra la resistencia de los españoles.

Derrotado, Bohorquez debió retirarse a sus dominios pero apeló nuevamente a la audacia y no vaciló en escribirle al presidente de la Real Audiencia de Charcas para solicitar un indulto. El pedido motivó la reunión de una junta de guerra que autorizó esa medida de conciliación. Amparado en ella, el mitificador se entregó a las autoridades de Salta. No obstante, mientras era trasladado a Lima intentó promover nuevos levantamientos, según parece, y ello lo hizo caer en desgracia definitivamente.

El 3 de enero de 1667, fue ejecutado en secreto para que la noticia no soliviantara a los indígenas.

Fuente: www.elhistoriador.com.ar