César Milstein y su aporte revolucionario a la inmunología moderna

Autores: Mariana Pacheco y Felipe Pigna

“Soy químico. Y el Nobel de Medicina fue un accidente en mi vida. Pero me siento menos culpable cuando pienso que Luis Federico Leloir ganó el Nobel de Química y era médico”, dijo César Milstein poco antes de su muerte con el humor y la humildad que lo caracterizaban. En 1984 cuando se desempañaba en los laboratorios de Cambridge Milstein recibió, junto al joven becario alemán George Kohler, el premio Nobel de Medicina por el descubrimiento del principio de producción de los anticuerpos monoclonales, un hito en la historia de la lucha contra las enfermedades. 

Esta técnica, que apuntaba a perfeccionar el sistema inmunológico, consistía en producir anticuerpos monoclonales en el laboratorio a través de la hibridación de un tipo especial de glóbulo blanco con células tumorales. La nueva célula, creada artificialmente, era capaz de producir inmunoglobulinas específicas, un hallazgo clave que permitió importantes avances en la rutina de laboratorio, como los tests rápidos de embarazo y de grupo sanguíneo, y el perfeccionamiento del tratamiento contra el cáncer, además de la prevención del rechazo en trasplantes de órganos.

Milstien (Clarín 1984)

Su pasión por la ciencia había despertado en su niñez. Fue en su Bahía Blanca natal, que lo había visto nacer el 8 de octubre de 1927, donde Milstein quedó deslumbrado con las visitas de una prima varios años mayor, licenciada en Química, que trabajaba en el Instituto Malbrán. Los relataos de cómo extraían el veneno de las serpientes para elaborar el antídoto quedarían grabados en la memoria del joven Milstein. Más tarde su madre le regaló un libro que terminaría de decidir su vocación. “Tenía 11 años y mi madre me regaló Los cazado res de microbios, escrito por Paul De Kruiff y poblado de historias de grandes microbiólogos. Ese libro me dejó convencido de que eso era lo que yo quería hacer. Fue fantástico. Y con el tiempo encontré a varios científicos que lo habían leído”, recordaría años más tarde.1

Por esa época Milstein frecuentaba la biblioteca Bernardino Rivadavia de Bahía Blanca, donde devoraba las novelas Mark Twain y Julio Verne. Desde pequeño le encantaba la naturaleza. “César siempre fue un chico travieso, un poquito rebelde, y muy inteligente. No era demasiado estudioso, pero le iba bien en el colegio. Le gustaban el esquí, el alpinismo y toda clase de deportes raros”,2 contará su padre.

Milstein en labortario

La apuesta a la educación de los Milstein era irrenunciable. Sus padres estaban convencidos de que “no había sacrificio imposible con tal de asegurar que sus tres hijos fueran a la universidad”.3 Lorenzo Milstein, el padre de César, era un inmigrante judío que había venido de Ucrania a trabajar en una colonia campesina y a los 15 años quedó librado a su suerte, mientras que su madre, Máxima Vapñarsky, era maestra de escuela, hija de una modesta familia de inmigrantes pobres. Juntos formaron una familia que con esmero logró que sus tres hijos fueran a la universidad.

A los 17 años Milstein viajó a Buenos Aires para estudiar Química. No fue un alumno brillante. Pero un poco “a los tropezones”, logró recibirse mientras se costeaba los estudios trabajando en un laboratorio de análisis clínicos. “Me gradué en la Argentina, en la Universidad de Buenos Aires. (…) Mi preocupación principal no eran los asuntos académicos sino las actividades de los centros estudiantiles y la participación de los estudiantes en los asuntos políticos y sociales”,4 contaría en una conferencia que dio en diciembre de 1991. 

El doctor Juan Pablo Bozzini, que lo conoció en esa época en el centro de estudiantes de la facultad recordaría años después que entre otras cosas luchaban “por incorporar a docentes como Luis Leloir, Bernardo Houssay y Alfredo Sordelli”.5 

Eran tiempos de proscripciones y varios científicos habían sido expulsados o jubilados por el peronismo. 

En la facultad también conoció a Celia Prillentensky, su novia y compañera de toda la vida, y al igual que él estudiante de Química. Cuando se recibieron, se casaron y se embarcaron en “una inusual y romántica luna de miel”, que duró un año entero, según recordaría Milstein más tarde. La pareja disfrutaba mucho de los viajes, la naturaleza y el deporte, desde escapadas al Delta en canoa, viajes en carpa por la Patagonia, hasta hacer rafting en algún rápido chileno o visitar los glaciares o hacer un paseo en globo en Turquía.

Volvió de su luna de miel dispuesto a hacer el doctorado. Por entonces, la idea de dedicarse a la investigación le parecía demasiado romántica, pero estaba convencido de que quería ser profesor universitario. A instancias del doctor Luis Leloir, Milstein se incorporó al equipo de Andrés Stoppani, profesor de bioquímica en la Facultad de Medicina, para trabajar en su tesis sobre las propiedades cináticas y catalíticas de los sitios activos. Y fue en esos laboratorios donde despuntó su vocación de investigador y adquirió “una base sólida de enzimología”. 

Entonces, “las condiciones de trabajo –dirá años más tarde– eran tan precarias que mi primer fracaso, que casi me costó el puesto en el laboratorio, fue romper, sucesivamente, tres de los cinco balones de cinco litros que teníamos en el gabinete. Una fortuna, por ser de las piezas más preciosas del laboratorio de las enzimas”.6

«Fui su director de tesis entre 1955 y 1958. Él trabajaba sin salario, sin recibir beca ni subsidio. Trabajaba con una verdadera vocación de científico.»

Andrés Stoppani, director de tesis

Stoppani recordaba su compromiso y dedicación: «Fui su director de tesis entre 1955 y 1958. Él trabajaba sin salario, sin recibir beca ni subsidio. Trabajaba con una verdadera vocación de científico».7 Quizás por esa entrega, cuando Milstein concluyó su tesis, Stoppani lo recomendó para realizar una beca en la Universidad de Cambridge, una de las más antiguas casas de estudio del mundo. Fundada en el siglo XIII, Cambridge tuvo entre sus estudiantes a destacadas personalidades de diversas épocas, como Isaac Newton, Lord Byron, Charles Darwin, Bertrand Russell, John Maynard Keynes y Stephen Hawking. 

Luis Leloir y César Milstein

Leloir era categórico cundo decía “en Cambridge hay un ambiente para la investigación más estimulante que el de Buenos Aires. (…) Siempre hay alguien a quien consultar y es más fácil conseguir cualquier reactivo o aparato que uno necesite. Aquí, en cambio, a menudo pedimos algo, a veces tarda meses, otras veces se pudre en la Aduana, y de todos modos cuando llega ya olvidamos para qué era”.8 

En Gran Bretaña, Milstein investigó sobre el mecanismo de la activación metálica de la enzima fosfoglucomutasa, un tema que lo llevó a colaborar con Fred Sanger, quien ejerció en Milstein una gran influencia. Sanger obtuvo el premio Nobel de Química en 1958 dos semanas después de que llegara Milstein y obtuvo un segundo Nobel 22 años después.  

Milstein regresó al país luego de concluir la beca y pudo dedicarse a la investigación básica como jefe del Departamento de Biología Molecular del Instituto Nacional de Microbiología “Doctor Pedro Malbrán”. Fue un período de gran actividad. Aquel grupo de investigadores llegó a publicar seis trabajos en revistas internacionales. Pero un golpe de Estado de 1962 puso fin al gobierno de Frondizi. Un año más tarde el Malbrán fue intervenido y se desmanteló el Laboratorio de Biología Molecular.

Milstein en el laboratorio

“La persecución política de los intelectuales y científicos liberales se manifestó como una vendetta contra el director del instituto en el que trabajaba. Esto forzó mi renuncia y posterior regreso a Cambridge para unirme a Sanger”,9 resumió Milstein. En efecto, dos semanas más tardes Milstein tenía un puesto en el Laboratory of Molecular Biology de Cambridge, donde desarrolló el trabajo de investigación por el que le otorgaron el premio Nobel y donde trabajó durante cuarenta años.

Milstein en el laboratorio

“Le debo mucho a Inglaterra. Inglaterra fue el país que me recibió con los brazos abiertos, y la Argentina fue la que me echó”,10 recordó en una oportunidad. “Yo no hubiera querido irme. –Diría más tarde– Yo me formé en la Argentina y sé que si me merezco este premio es también por el esfuerzo que mi país hizo por mí.”11

“Yo no hubiera querido irme. –Diría más tarde– Yo me formé en la Argentina y sé que si me merezco este premio es también por el esfuerzo que mi país hizo por mí.”

César Milstein

César Milstein – Retrato autografiado

Milstein murió de una afección cardíaca el 24 de marzo de 2002 dejando como grandes avances científicos y los deseos de desarrollo para la ciencia argentina: “El desarrollo del conocimiento tiene, tarde o temprano, implicancias fundamentales en la vida diaria. El argumento falaz es que los países menos desarrollados no pueden darse el lujo de invertir sus pocos recursos en investigación básica. Lo cual es una receta segura para frenar el desarrollo tecnológico de un país en desarrollo. Subdesarrollado hoy y más subdesarrollado mañana, pues en el mundo en que vivimos, como en el de Alicia en el país de las maravillas, hay que correr muy rápido para mantenerse en el mismo lugar. Lo dijo Houssay hace ya muchos años (cuando le otorgaron el Premio Nobel): la Argentina es demasiado pobre para poder darse el lujo de no fomentar la investigación básica”.12

Referencias:

1 Hernán Castillo y Ricardo Puyol, “Murió César Milstein, el último argentino que recibió un premio Nobel”, Clarín, 25 de marzo de 2002, pág. 29.
2 Nora Bär, “Adiós a un grande de la ciencia mundial”, La Nación, 25 de marzo de 2002, pág. 11.
3 “Milstein por  Milstein”, Clarín, 25 de marzo de 2002, pág. 29.
4 De la conferencia en el Winter Symposia, Miami, diciembre 1991, en Revista Papiro, octubre de 1984, pág. 70.
5 Horacio Aizpeolea, “La figura de Milstein, en su paso por la UBA y el Malbrán”, Clarín, 26 de marzo de 2002, pág. 31.
6 De la conferencia en el Winter Symposia, Miami, diciembre 1991, arreglada por Revista Papiro, N° 28, octubre de 1984, pág. 68.
7 Horacio Aizpeolea, “La figura de Milstein, en su paso por la UBA y el Malbrán”, Clarín, 26 de marzo de 2002, pág. 31.
8 Revista Papiro, octubre de 1984, pág. 70.
9 “Milstein por Milstein”, Clarín, 25 de marzo de 2002, pág. 29.
10 Laura Ayerza, “…De nuestro premio Nobel”, Revista Gente, 16 de febrero de 1995, pág. 36.
11 Horacio Aizpeolea, “Frases inolvidables”, Clarín, 26 de marzo de 2002, pág. 31.
12 César Milstein, “Una lección que nunca se aprende”, Revista Encrucijadas, Universidad de Buenos Aires, Año 1, N° 1, abril 1995.