
Autor: Jorge Lozano, para Revista Panorama, 1° de junio de 1971.
Cipriano Reyes, aquel terrible Cipriano con olor a grasa y a novillo que asustaba a los burgueses en el 45, todavía existe. No es que se lo tuviera por muerto; sólo que nadie lo recordaba. Reyes cumplirá 65 años el 7 de agosto. No los representa: se lo ve ágil, alegre y sin gordura; fuma como chiquilín que presume de hombre y tiene buena memoria.
Cipriano vislumbra otro 17 de Octubre, la gesta descamisada que le hace brillar, y por eso quiere volver a la política. Confiesa que trabaja “como hombre de relaciones públicas” de Jorge Daniel Paladino; sin embargo, pone mala cara cuando le hablan de los partidos veteranos, de Thedy y de Balbín. Le costó definirse: “Sobre La Hora del Pueblo prefiero no hablar. Lo único que puedo decirle es que el gobierno no encontrará soluciones con la gente vieja. Eso no camina”. Obvio, para él Perón no es un viejo porque sobrevive en los jóvenes que no lo conocieron en el poder; es que Cipriano quiere verse rodeado de muchachos animosos, desea que lo escuchen. “El porvenir de la izquierda está en el peronismo”, vaticina.
Habló entonces de su infancia en Lincoln, de su padre uruguayo y de su madre instruida, quien le enseñó poesía y también historia; de sus siete hermanos y de los circos rurales. Recordó: “Mi padre llegó al país con el circo de los Podestá. En Mercedes, allá por el 13, tuvo circo propio –El Porteño-; andábamos como locos por la campaña, y eso explica que ninguno de mis hermanos nació en el mismo pueblo. Por aquellos años, Mercedes era un paraje de invernada; gente nómada –mercachifles, payasos y gitanos-, se sacrificaba para ganarse la vida. Llegaban muchachos que querían representar a Juan Moreira, a Calandria o a Santos Vega; eran dramáticos por vocación pero se desanimaban cuando pedían un peso y no le pagaban. Entre el 13 y el 17 la crisis azotó el campo. Llovió como nunca y el agua de los arroyos arruinó a los sembrados. El circo dejó de ser negocio y mi padre lo vendió. Yo tenía 10 años y lloré porque quería seguir en las contorsiones, pero Melitón –mi hermano que tenía 18- me hizo romper por primera vez con la familia y nos vinimos para Buenos Aires. La cosa fue dura. Fuimos a parar a una casa oscura del barrio de Patricios, en la calle Loria, y conseguí trabajo en la fábrica de vidrios La Asunción, de don Domingo Bathe. Mi madre me había dicho que nada era cuestión de soplar y hacer botellas, pero yo aprendí a soplar y conseguí tinteros, jarras y botellones, mientras un oficial catalán me hablaba de anarquismo, de bombas y libros”.
Reyes siguió el relato de pasión. Del catalán anarquista pasó a la Semana Trágica, a los sangrientos cosacos que ultimaron “a cinco mil obreros”, a los correntinos de la gendarmería volante que manejaban las charrasca mejor que Atila y al Sindicato de Oficios Varios que no progresaba porque la cotización era de un peso.
Continuó: “Yo no entré al anarquismo. El gobierno no oía sus clamores. Los anarquistas eran intelectuales extranjeros y a mí me querían para que pegara carteles. A pesar de que nunca pasé el segundo grado, me gustaban los poetas y los oradores; pronto me cansé de hacer botellas y me fui a Zárate, donde conseguí trabajo en el frigorífico Anglo. Allí también la cosa era difícil: los capataces maltrataban a la gente, había que hablar a escondidas; los ingleses habían constituido un gobierno dentro del país. Yo quería pelear y junto a Mariano Domínguez y Clodomiro Cafaro fundé el sindicato. Hicimos una huelga y nos llevaron presos; después nos echaron y copó el sindicato José Penelón.
Se oscureció mi horizonte y volví con mi padre; claro, como creí que me habían crecido las alas, discutía todo el día. El viejo quería implantar la autoridad y yo era rebelde. Un día me echó. Estaba triste y escribía versos que los mandaba por correo a la revista Alma Argentina, pero me lo devolvieron con una recomendación. Andá a pelar papas. Entonces me hice croto de campo. Intenté domar potros sin suerte, payé en Castelli, conocía paisanos bravos como Esteban Pereyra y Emiliano Coronel, grandotes y respetados, gente que me quería, porque yo contaba lindos cuentos en los velorios. Dormí a la intemperie y en camastros de paja. Entonces no había mal de los rastrojos, esa porquería que trajo la química. Fíjese que un día compré un insecticida para curar un naranjo y se murieron todos los pájaros del jaulón.
Bueno, como le decía, anduve de croto por el campo y en los trenes. Los crotos son intelectuales agudos. Se intercambiaban libros debajo de los puentes, y todo croto auténtico debía llevar una obra importante en su morral; eran locos por Tolstoi. Conocí al Turco Mustafá, gran contamuse, y al Negro Zarzero, quien con cobres de dos centavos hacía anillos que vendía como si fuere de oro a la peonada de las estancias. El Negro Zarzero trabajaba con un bulón de tren y con vinagre blanco y hay que ver que anillos hacía. Recorrí con los crotos el país. Ellos sabían cuándo se levantaba la cosecha y nos poníamos a caminar con tres meses de anticipación. Veíamos a las chatas rusas de los arrendatarios desalojados cargadas de chicos y de mujeres con hambre. Comprobé qué lindo es el país y qué pocos dueños tiene. Me cansé de vivir en la mishiadura y me conchabé en una panadería de Castelli. Fue en el 30. Repartí pan en las chacras y volví a cansarme; entonces enfilé para Necochea y conseguí trabajo en el puerto. Allí también se matoneaba a la gente y se pegaba mal. Con Tomás Acevedo, Juan Iñiguez y Miguel Schmidt fundé el diario El Popular, el Club Almagro, escribí de fútbol y me ocupé de la publicidad”.
¿Cuándo llegó a Berisso?
Usted no me deja hablar. Fue en el 40 y entré a trabajar al Armour como foguista de la sala de máquinas. Así me quedaron las manos. Allí se trabajaba como esclavo. Los gringos eran negreros y la gente temía a los playeros, gente con cuchillo que estaba al servicio de la empresa. No me achiqué y les volví a formar el sindicato. Un tal Volster, a quien llamaban El Tigre y usaba un impermeable a lo nazi, me controlaba paso a paso; conmigo perdió. En el 43 hicimos la huelga. Estuvimos solos y nos metieron presos. En la vuelta también cayeron los comunistas y a José Meter lo mandaron a Neuquén; Meter salió y los comunistas volvieron al trabajo pero nosotros seguimos en la lucha. Salimos de la cárcel y volvieron a meternos adentro. Así las cosas intervino el gobierno y llegué a conocer al coronel Perón.
¿Le impresionó bien Perón?
Vea, sabía sonreír y escuchar. Tenía la experiencia recogida en Italia y Alemania. Me di cuenta de que a él no le interesaba el sindicato, pero que estaba enloquecido con el gobierno y la política. Le molestaba que los ingleses mandasen más que los militares. En fin, nos apoyó.
¿Y se hizo peronista?
Vea, todavía no se pensaba en el peronismo. Pero me gustó Perón. Los comunistas le decían nazi, pero resulta que los yanquis le mandaron un embajador “que mataba tiranos”.
¿Los ingleses apoyaban a Perón?
¡Qué lo iban a apoyar! Perón era nacionalista y dejaba que los nacionalistas levantaran tribunas. Así se llegó al 17 de Octubre.
Pero después usted se enojó con Perón.
Vea, resulta que Perón no creía en nosotros, los independientes. Andaba detrás de los radicales; hasta Sabattini le dijo no. Con el desengaño volvió a notros, pero quería juntar muchas cabezas en un solo movimiento. Los laboristas nos resistimos y nos proscribió.
¿Perón fue dictador?
Fue un dictador blando.
¿Quiere que vuelva?
Que vuelva mañana mismo si quiere. Puedo asegurarle que Perón está mucho más revolucionario que antes. Por algo le temen los oligarcas y los que se llaman izquierdistas, gente de salón que nunca trabajó.
¿No será porque la izquierda le puede quitar la clientela?
Le repito: la izquierda es el peronismo. El Partido Comunista sigue siendo el mismo.
¿Entonces la derecha no tendrá problemas?
¡Vamos, hombre! Los va a tener. El movimiento obrero es poderoso. Lo único que hay que cuidar es la dispersión. Si se divide, gana la oligarquía.
¿Cómo ve a la CGT?
La veo bien. Tiene que renovarse un poco y dejar que la gente de lucha llegue arriba. Pero también tiene que renovarse el Ejército, la Iglesia: en fin, todo lo que une al país.
Eso que propugna tiene matices fascistas…
Yo no soy fascista ni nazi. No me venga con eso. Soy argentinista.
¿Cree en otro 17 de Octubre?
Puede ser…
¿Cómo que puede ser?
Vea, todavía estamos en mayo…