Gaugamela (331 a. C.), por Arnaud Blind (Fragmento del libro Las batallas que cambiaron la historia)


Los orígenes del Imperio Persa se remontan a las tribus nómades que desde el año 1400 a.C. se ubicaban al norte de la meseta de Irán. Fue Ciro II el Grande quien hacia el año 550 a.C. logró extender sus dominios anexando el reino medo y consolidar su hegemonía sobre un territorio que en su máximo apogeo se extendió por Medio Oriente, el norte de África, Asia Central, la India, Europa y el Mediterráneo. Llegó a ser el imperio más grande de la época.

Pero como a menudo sucede con los grandes imperios, por grandes, poderos e infranqueables que perezcan, más tarde o más temprano encuentran el golpe certero que pone fin a su dominio. El 1º de octubre de 331 a. C., el Imperio Persa encontró el suyo en la batalla de Gaugamela. En aquella titánica contienda, Darío III, al frente de las tropas imperiales, fue vencido por Alejandro Magno, el rey de Macedonia. Darío confiaba en una victoria segura y tenía sobradas razones para ello. Su poderío se asentaba sobre una historia imperial de más de dos siglos; gobernaba sobre un territorio 70 veces superior al de su adversario; la relación de fuerza en la batalla era de 5 a 1 a su favor, y había elegido y trabajado el terreno donde se batiría con Alejandro nivelándolo, colocando picas y disponiéndolo para aprovechar al máximo las ventajas de sus numerosas fuerzas montadas.

Sin embargo, contra todo pronóstico, la batalla significó el final del Imperio Persa, y la mayor victoria de Alejandro Magno. Es considerada una obra maestra en la táctica militar.

Compartimos aquí un fragmento del libro Las batallas que cambiaron la historia, de Arnaud Blin, quien señala “Entre todas las grandes batallas que jalonaron la historia de la Antigua Grecia, esta fue, probablemente, la más decisiva porque determinó la metamorfosis de un espacio geopolítico que abarcó más de la mitad del continente euroasiático. Fue en Gaugamela, también, donde la leyenda de Alejandro se inscribió en el imaginario contemporáneo, antes de nutrirse de otras hazañas que aseguraron su inmortalidad”.

El autor se ocupa de los diversos aspectos de importantes batallas que jalonaron la historia (Gaugamela, Zama, Los Campos Caaláunicos, Yarmuk y Qadisiya, Hattin, Ayn Yalut, Tenochtitlán, Lepanto, Lützen, Bordino y Stalingrado): desde el papel del soldado raso o el del general, hasta las estrategias desplegadas, las armas utilizadas y los contextos político, religioso y social. Se trata de batallas “que alteraron el curso de la historia de una manera profunda y a menudo perdurable”.

Fuente: Arnaud Blind, Las batallas que cambiaron la historia, Buenos Aires, El Ateneo, 2016, pags. 49-82.

Las grandes batallas revisten una majestad eterna  que domina la trama ininterrumpida de la historia. Se ciernen sobre miles de acontecimientos que constituyen esta historia. Se cubren instantáneamente de un rostro impasible, mostrando así que el hombre, en relación con ellas, es únicamente el instrumento de una voluntad superior. 
Ernst Jünger, La guerra, nuestra madre (Prefacio, segunda edición, 1934)

En el año 331 a. C., la batalla de Gaugamela enfrentó al ejército macedonio de Alejandro Magno con el del emperador aqueménida Darío III. Después de un combate épico, el destino del mundo mediterráneo tomó un nuevo rumbo y las consecuencias políticas, estratégicas y culturales de esa batalla ejercieron su influencia durante varios siglos. Fue en Gaugamela, también, donde la leyenda de Alejandro se inscribió en el imaginario contemporáneo, antes de nutrirse de otras hazañas que aseguraron su inmortalidad. Entre todas las grandes batallas que jalonaron la historia de la Antigua Grecia, esta fue, probablemente, la más decisiva porque determinó la metamorfosis de un espacio geopolítico que abarcó más de la mitad del continente euroasiático.

Los griegos cuestionan la hegemonía persa
Dos fenómenos preponderantes inciden en la historia geopolítica de la parte meridional del continente euroasiático desde el siglo VI hasta el año 330 a. C. Por un lado, la hegemonía del Imperio persa que comprende, durante su apogeo, un inmenso territorio: desde los confines de la India hasta las puertas de Europa occidental. Por el otro, el surgimiento de la civilización griega en un espacio minúsculo en comparación, pero vital desde el punto de vista estratégico, porque se halla enclavado en el corazón mismo del Mediterráneo, con una fragmentación política que acarrea conflictos a menudo violentos y destructivos. Dentro de la lógica de su política hegemónica, el Imperio aqueménida intentará en más de una ocasión ganar el espacio griego. Pero aunque todas las veces los helenos se organizarán para expulsar al adversario, tanto unos como otros intentarán arrogarse el leadership indiscutible de la región. Cada guerra entre ciudades griegas debilitará al conjunto ante el invasor, mientras que el juego de rivalidades impulsará, de tanto en tanto, a algunos a aliarse con este último.

Así, la historia de Grecia suele resumirse en fallidos intentos de unificación en un imperio. Los dos grandes frescos históricos del período, el de Jenofonte y el de Tucídides, narran dos episodios trascendentales de esa serie de guerras. El primero evoca en La Anábasis uno de los conflictos entre griegos y persas, en el que él mismo dirige un contingente de 10.000 mercenarios griegos al servicio de los persas, que condujo de regreso a la patria a costa de mil hazañas. El segundo examina en su Historia de la Guerra del Peloponeso el intento de Atenas de arrogarse el dominio de la región, que Lacedemonia (Esparta) le negará. Cabe destacar que, a través de esos textos, estos dos eminentes actores y testigos de los conflictos que relatan sentarán las bases de la historiografía política y militar, y establecerán el modelo en el que luego se inspirarán los historiadores occidentales.

La llegada de Alejandro constituye, en cierta medida, la culminación de esos dos sueños de unificación. Su gran virtud fue haber sabido cumplir al mismo tiempo el objetivo de los griegos y el de los aqueménidas, es decir, la unificación de Grecia, luego su fusión con el Imperio aqueménida, porque el Imperio persa acabará bajo su yugo, una circunstancia tan extraordinaria como improbable teniendo en cuenta las relaciones de fuerza claramente favorables a los aqueménidas en el momento de los hechos. Sin embargo, los imperios suelen caer por su propio peso una vez que han sido decapitados, y las élites locales que constituyen la estructura sobre la cual se asienta el poder imperial se afanan por negociar con el nuevo amo para conservar sus propias bases.

La aventura alejandrina se divide en tres períodos. En el primero, Alejandro asume la política de su padre, Filipo de Macedonia, y somete el territorio griego al poderío macedonio. En el segundo período, Alejandro acaba con el dominio aqueménida. En el tercero, por último, se adueña del Imperio persa e impone su propio poder en el espacio que controla. Además, Alejandro experimenta una singular metamorfosis personal que lo “orientaliza” a medida que ingresa en el seno de ese imperio.

¿Hasta dónde habría llegado si no hubiera muerto prematuramente? Alejandro cree vivir en el mundo de La Ilíada y se siente uno de sus personajes. Se considera la viva encarnación del héroe, tal como lo concebía Homero. En ese sentido, cree que solo al morir de un modo heroico o trágico cumplirá con su destino y se convertirá en leyenda. Pero antes debe avanzar, conquistar siempre más territorios y someter a otros pueblos. Tal vez esa es la razón por la cual su entorno, cansado de vivir en guerra permanente, lo habría envenenado, de acuerdo con una de las hipótesis más frecuentes sobre su muerte.

Veamos ahora el poderío y la evolución de los dos protagonistas. El Imperio aqueménida no es el primer gran imperio de la región. Ya antes los sumerios, los acadios, los hititas, los egipcios y los asirios crearon los suyos, a menudo a expensas de aquellos que les precedieron. Con Ciro el Grande (556-530 a. C), los persas se libran del dominio de los medos y fundan el Imperio unificado medo persa. Comienza la dinastía de los aqueménidas, que se extenderá durante dos siglos, hasta Alejandro. Ciro conquista Asia Menor y la Mesopotamia; su hijo Cambises, Egipto y la Cirenaica.
El Imperio alcanza su apogeo con Darío (522-486 a. C.) y se extiende de la Tracia al Indo, del Mar de Aral a Egipto. Aunque somete a los tracios y a los macedonios, Darío sufre varias derrotas militares: la primera a manos de los caballeros escitas y, sobre todo, contra los griegos en Maratón (490 a. C). A su hijo Jerjes no le irá mejor: en Salamina (480 a. C.), la batalla naval más grande de su tiempo, los persas sufren un gran revés, y son derrotados en Platea al año siguiente. Entonces, Jerjes ordena destruir la Acrópolis de Atenas. Esta decisión alimentará durante mucho tiempo el resentimiento griego contra los persas, del que más tarde sacará partido Filipo de Macedonia.

Con todo, esas derrotas revisten poca gravedad para los persas y el Imperio mantiene su poder. Por el momento, el haber perdido Macedonia no parece dramático. Pero las victorias griegas han permitido salvar la integridad territorial y política de Grecia, y han forjado las bases de un sentimiento panhelénico. Sin embargo, el Imperio aqueménida es un Goliat cuya superficie es setenta veces superior a la de Grecia. Cuenta con una sólida estructura política. Se caracteriza por mantener una continuidad, porque los aqueménidas aseguran un poder perenne, legítimo y estable. A pesar de una idea contraria que transmitieron los historiadores de la Antigüedad y más tarde fue retomada a fortiori, nada indica que el Imperio aqueménida se hallara al borde del colapso en el momento de la invasión de Alejandro. El hecho de que el Imperio aqueménida asegurara el desarrollo económico del territorio, un fenómeno que confirman las excavaciones arqueológicas, conduce a la tesis inversa, la de un poder en plena posesión de sus medios. Por esa razón, la derrota de los persas a manos de los macedonios sería imputable a consideraciones de orden estratégico, producto de decisiones que Alejandro y su rival, Darío III, tomaron durante la guerra que los enfrentó, más que a las crisis internas que habrían debilitado la infraestructura de un imperio ya en decadencia. En otras palabras, la causa primera de la caída del Imperio persa parece atribuible, en principio, a la calidad del aparato militar macedonio y al modo en que Alejandro supo explotarlo gracias a su instinto político y a su genio estratégico.

Alejandro
Como Napoleón más tarde, Alejandro es de esos conquistadores que heredan un aparato militar a la altura de sus ambiciones, al contrario de otros como Gengis Kan, Tamerlán y Babur, que construyeron de la nada su poder a base de esfuerzo y de tiempo. En cambio, Alejandro y Napoleón son entusiastas y enérgicos, y actúan impulsados por la juventud. Su aventura es un tornado que arrasa todo a su paso antes de esfumarse bruscamente. A título comparativo, la odisea de Alejandro no duró más de diez años, mientras que el imperio de Tamerlán abarcó medio siglo y el de Gengis, tres generaciones.

Alejandro tiene veinte años cuando hereda, en circunstancias confusas, el poder y el aparato militar de su padre. Filipo II fue, de algún modo, el Garibaldi de la Macedonia: protegió sus fronteras y reconstruyó su integridad política. Al mismo tiempo, provocó una verdadera revolución militar que le permitió dominar prácticamente la totalidad del territorio griego y, junto con Alejandro, brindó a los macedonios los medios para destruir al gigante persa. En el año 338 a. C., Filipo se alzó con una victoria decisiva en Queronea sobre las ciudades griegas, y pudo así reagrupar a todos los Estados –con excepción de Esparta, que conservó su independencia– en el seno de la Liga de Corinto, cuyo control se adjudicó. La creación de la Liga le facilita asegurar la estabilidad en el seno del espacio helénico, al tiempo que le suministra una herramienta susceptible de alimentar las campañas que ambiciona llevar a cabo contra los persas. Se halla preparando la guerra contra los aqueménidas cuando muere súbitamente (336 a. C.), después de haber enviado un contingente a Asia Menor. Al morir, el plan queda truncado. Su sucesión no resulta fácil y, más allá de las oposiciones internas, Alejandro se ve obligado a reprimir los espíritus disidentes de algunas ciudades griegas. Con ese propósito, destruye Tebas para dar ejemplo, y luego vuelve a instaurar la alianza con Corinto. Le llevará dos años restablecer la situación, durante los cuales se avivará su deseo de luchar contra los persas y concretar el gran sueño de su padre.

La conquista de Persia
En la primavera del año 334 a. C., Alejandro y sus tropas atraviesan el Helesponto e ingresan en Asia Menor. En Troya, el joven rey teje alianzas políticas con algunos potentados locales que le juran fidelidad, a cambio de lo cual Alejandro les promete que podrán conservar su poder, su rango y su riqueza en caso de obtener una victoria sobre los aqueménidas. Más tarde, para no herir susceptibilidades, reclamará un tributo similar al que antes había obtenido el rey de los persas.

El primer enfrentamiento militar tuvo lugar en el Gránico, donde Alejandro aplastó al ejército de Darío, un fuerte contingente compuesto en su mayor parte por mercenarios griegos al mando de un hábil general, Memnón, pero poco preparado para contrarrestar la maquinaria de guerra macedonia. Su desaparición, después de la batalla, durante el sitio de Mitilene, obliga a Darío a hacerse presente en el campo de batalla para dirigir las operaciones. En Issos, en el mes de noviembre, Alejandro y Darío se enfrentan en combate: la victoria de Alejandro es inapelable. Darío logra huir al otro lado del Éufrates, pero su esposa (y su hermana), su madre, sus dos hijas y su hijo pequeño caen prisioneros de los macedonios. Con la esperanza de que Alejandro desee limitarse a liberar las ciudades griegas de Asia Menor, Darío envía un mensaje de paz que Alejandro rechaza de plano, al tiempo que exige la rendición incondicional del rey persa.

Es entonces cuando Darío comprende la dimensión real de esa guerra, que en un principio había encarado con cierta liviandad, pero que luego entiende que definirá el futuro de los aqueménidas. Durante el sitio de Tiro, Darío ofrece a Alejandro una recompensa de 10.000 talentos, una suma considerable, a cambio de la liberación de su familia, más todo el territorio al oeste del Éufrates, así como la mano de su hija. A pesar de que su entorno lo insta a negociar con el rey persa y aceptar su generosa oferta, Alejandro se muestra implacable: su único deseo es obtener una victoria total por las armas. Frente a este nuevo rechazo, que confirma sus ambiciones ilimitadas, Darío se ve obligado a reanudar el camino de la guerra para salvar su Imperio. Como Alejandro está concentrado en tomar Tiro y luego Gaza, que resisten con bravura, Darío tiene tiempo suficiente para preparar a conciencia su contraofensiva.

Recién tres años después los dos ejércitos volverán a enfrentarse, el 1º de octubre del año 331 a. C., cuando Alejandro, entonces dueño del litoral mediterráneo oriental, se marcha de Egipto, donde ha fundado Alejandría, a Babilonia. Pero antes cambia de rumbo en forma inesperada: atraviesa el Éufrates sin inconvenientes hacia el Tigris, al este del cual se librará la batalla de Gaugamela, también conocida como Arbela. Su ubicación exacta no se conoce, pero sí que se encuentra en lo que hoy es Irak, a unos cien kilómetros de la ciudad de Erbil.

Las fuerzas
A pesar de que las tropas persas y sus colaboradores griegos perdieron las dos primeras batallas de esta guerra, Darío se presenta con otro estado de ánimo y con otro ejército en la llanura de Gaugamela. La elección del lugar no es casual. Gracias a su vasta extensión y su topografía rigurosamente llana, esa planicie favorece el arte de la guerra persa, que Darío no había podido poner en práctica en Issos.

(…)

Para aprovechar al máximo el poderío de los elefantes y de la caballería pesada, así como la movilidad de los carros y de los caballeros-arqueros, Darío ordena nivelar el terreno y planta picas en la tierra para frenar a la caballería macedonia.

Darío se siente confiado. Cuenta con tres elementos que considera determinantes. Más allá de la topografía del campo de batalla, su inmenso ejército le garantiza una superioridad numérica que parece imbatible. Además, con sus carros, sus elefantes y sus jinetes provenientes de las estepas, cuya fisonomía espanta a las tropas adversarias, intenta sembrar el terror en el enemigo y dominar psicológicamente a su rival. Pero este ejército, a pesar de ser muy numeroso, no posee la movilidad ni el espíritu de cuerpo del aparato militar macedonio. El ejército aqueménida se distribuye de acuerdo con criterios étnicos, lo cual a veces dificulta la comunicación entre los grupos.

Examinemos ahora el ejército macedonio y la revolución militar que llevó a cabo Filipo II; los historiadores y los especialistas en estrategia suelen privilegiar el concepto de ruptura en detrimento del de revolución, pero, sin ánimo de involucrarnos en ese debate, que por otra parte es muy interesante, emplearemos aquí el concepto de “revolución militar”.

La revolución macedonia es al mismo tiempo el producto de una efervescencia intelectual, de una ruptura táctica y de una ambición política sin límites, acompañadas de una inteligencia que supo percibir los cambios necesarios para alimentar esa ambición. En sentido contrario a las revoluciones militares del siglo XX (mecanización, luego transición hacia lo nuclear y por fin revolución de las comunicaciones), producto de las transformaciones radicales de las tecnologías aplicadas a la práctica de la guerra, la de Filipo II es, en esencia, una revolución intelectual, estratégica y táctica.

El arte de la guerra en Grecia experimentó una larga evolución, fundada en el permanente ejercicio de la actividad guerrera y el eterno cuestionamiento que de esa práctica realizaron varias generaciones de filósofos sumamente interesados en el tema, por el placer de especular, pero también, y sobre todo, porque ellos mismos participaban en forma activa en los conflictos, comenzando por el más célebre de ellos, Sócrates, quien, en su fuero interno, estaba aún más orgulloso de los hechos de armas que había protagonizado durante la Guerra del Peloponeso que de sus talentos como filósofo y educador. Esa controversia, similar a la que en la Ilustración permitirá preparar la revolución napoleónica con Guibert, Bourcet y otros, es fundamental porque estimula un debate que da rienda suelta a la imaginación: no olvidemos que, en algún momento, Aristóteles se encontrará al servicio de Filipo II, quien le confiará la educación del joven Alejandro.

De este modo, Filipo II reinventará la táctica y la técnica de la guerra tal como se practica en Grecia y transformará por completo la relación entre la política y la estrategia. De la combinación de esos dos fenómenos resultará la revolución militar. Luego, el genio de Alejandro, que nadie podía prever ni igualar, hará el resto. Volveremos a encontrar esos tres elementos en la penetración napoleónica, en un contexto geopolítico sensiblemente distinto, en el que Napoleón estaba rodeado por dos imperios, el británico y el ruso, mientras que Alejandro tenía que enfrentar solo a uno, aunque este era realmente de envergadura.

Así como la polis griega había instaurado un sistema político en el que el ciudadano se hallaba al servicio del Estado, sobre todo en lo referente a su participación en la defensa de la ciudad, Filipo II estableció, por el contrario, un sistema en el que el Estado se puso a disposición de su ejército y de los ciudadanos soldados que lo componían. A pesar de que su sociedad estaba militarizada, Esparta también se inscribía en la perspectiva del ciudadano al servicio de la ciudad, aunque su actitud, en sentido opuesto a la de Filipo II, era en esencia defensiva. Jean-Pierre Vernant resumió el modelo al que se oponía el rey de Macedonia: “En el modelo de la ciudad hoplítica, el ejército ya no conforma un cuerpo especializado con sus técnicas particulares, sus propias formas de organización y de mando, la guerra no constituye un ámbito aparte, que exigiría otras competencias, otras reglas de acción, distintas de las de la vida pública. No hay ejército de oficio, ni mercenarios extranjeros, ni categorías de ciudadanos dedicados especialmente a la carrera de armas; la organización militar es la prolongación natural de la organización cívica. Los estrategas, que ejercen el mando, son los magistrados civiles de mayor rango, elegidos como todos los otros, sin que les sea exigida una determinada experiencia en el arte del combate”.

Al profesionalizar su aparato militar, Filipo II aumentará de inmediato la calidad y, fundamentalmente, el alcance geográfico de sus ejércitos: a partir de entonces son permanentes y, por lo tanto, capaces de inscribirse a largo plazo al servicio de las ambiciones hegemónicas de su rey. Hasta ese momento, la falange griega era la unidad de base de los ejércitos. Con algunas pequeñas modificaciones, Filipo II transformará profundamente la falange, de modo tal que su infantería multiplicará su poder de manera exponencial, fenómeno que permitirá –sobre todo a Alejandro– compensar su enorme déficit numérico en Gaugamela. Además, Filipo II impulsará la creación de una caballería pesada (hetairoi) de primerísimo orden –tal vez, la más eficiente de todos los tiempos, junto con la caballería mongola–, que constituirá la joya del ejército macedonio. El sempiterno espíritu de cuerpo de los “Compañeros” (aristócratas macedonios) permanecerá asociado para siempre a la leyenda de Alejandro. Las unidades de caballería ligera completarán el conjunto de las tropas montadas.

La falange griega se impone a partir del siglo VII con el surgimiento del ciudadano-soldado que no pertenece a la nobleza (en general, un pequeño terrateniente), quien pone fin a la supremacía del “caballero” (hippeis), circunstancia que se repetirá en Europa durante el ocaso de la Edad Media. El hoplita, el soldado raso, cuenta con una coraza de bronce, casco y grebas. En la mano izquierda, lleva un pesado escudo, redondo, con doble empuñadura interna –esencial para que funcione la falange– y, en la mano derecha, una lanza de estoque de unos dos metros de largo. Cada escudo protege a quien lo lleva y a su camarada inmediato, cuyo costado derecho queda expuesto, lo que conlleva el efecto negativo de provocar el desvío de las formaciones durante el combate. Las tropas avanzan acompasadamente. El hoplita actúa en el seno de una colectividad, la falange. Lo que prima no es la hazaña individual, como en el caso del guerrero antiguo, sino la organización y la fuerza del grupo.

Así, Filipo II aprovecha un aparato que funciona, pero lo mejorará al punto de modificar su naturaleza. En primer lugar, la falange macedonia es más numerosa aún que la falange griega clásica, que operaba con entre 8 y 12 filas. La falange macedonia presenta un impresionante cuadrado de 16 hombres por 16, es decir, 256 soldados. En segundo lugar, cambia el equipamiento. Desde entonces, los soldados se protegen con un escudo liviano: la correa que cruza sus espaldas les permite utilizar su mano izquierda, porque el falangista macedonio necesita sus dos manos para manejar su pica de seis metros de largo, la temible sarisa o sarissa, que mide tres veces el tamaño de la lanza tradicional del hoplita griego. El largo de la pica permite al soldado de la primera línea (posición reservada a los veteranos) atravesar al adversario antes y mantener una distancia mayor. Así, los soldados de las cuatro o cinco primeras filas (de las dos o tres primeras filas en la falange clásica) pueden blandir sus sarisas, lo que hace que su adversario choque contra 64 u 80 puntas (más pesadas –unos 5 kilos– y con puntas de bronce en su base, que permiten clavarlas en el suelo mientras se espera la carga). En las filas traseras, las lanzas se colocan en un ángulo de 45 grados aproximadamente, de modo tal de proteger a la falange de los proyectiles (flechas, piedras, venablos). El equipamiento es mucho más ligero que antes y los soldados llevan corazas y cascos de cuero. Ese nuevo dispositivo elimina, además, la propensión de las falanges clásicas a desviarse. Asimismo, los caballeros macedonios cuentan con lanzas más largas que sus adversarios, el xyston, de unos 3,5 metros contra 2 metros, y usan el kopis, una espada de gran envergadura, curva pero fácil de manipular (similar a un machete moderno), que se adaptaba perfectamente a los movimientos y a las limitaciones del caballero.

Las decisiones tácticas
Los persas conocían la táctica macedonia. Darío ya había sufrido sus consecuencias en carne propia y sabía a qué atenerse. O al menos eso creía. La minuciosidad con la que había preparado la acción, en un terreno elegido y habiendo pergeñado su plan a la perfección, le daban razones suficientes para sentirse confiado. En cambio, tras su calma habitual, Alejandro ocultaba un nerviosismo que no era común en él, debido, tal vez, a que con sus 47.000 macedonios tendría que enfrentar a un ejército que, según se decía, era probablemente diez veces más numeroso que el suyo.

(…)

A raíz de su superioridad, Darío pretende forzar el centro enemigo con sus unidades de choque (carros y elefantes), luego con su infantería, para finalmente avanzar por los flancos con su caballería. Con una ventaja cuantitativa de cinco a uno, su plan es lógico y tiene sobradas razones para confiar en un aparato militar que permitió al Imperio perdurar en el tiempo.

Pero a Alejandro poco le importan todas esas consideraciones. Ha situado a la mayoría de las tropas en un frente largo, que protege una segunda línea más nutrida en la retaguardia. En cada extremo, el dispositivo se cierra levemente, como un paréntesis, para evitar justamente que su caballería acabe siendo cercada. Alejandro dirige el ala derecha, en la que se encuentran sus jinetes de élite. Parmenión, el segundo jefe al mando, tiene a su cargo la izquierda. Ante la formación, hacia la derecha, Alejandro ha ubicado a sus hoplitas y a su infantería ligera (arqueros, honderos, lanzadores de venablos) para intentar sembrar confusión en el adversario desde el comienzo del enfrentamiento.

Pero la grandeza del genio de Alejandro reside en el ángulo que ha elegido para abordar la batalla y que desafía todas las prácticas de la época. Ante esa masa que debe penetrar de un modo o de otro, hace avanzar a sus tropas de forma tal que su frente se escalona hacia la izquierda en forma de abanico, es decir, en diagonal con respecto a la línea frontal persa, con el lado derecho más avanzado que el izquierdo. La táctica es sorprendente, aunque no inédita, porque se trata de una variación de la maniobra del gran general tebano Epaminondas contra Esparta en ocasión de la batalla de Leuctres en el año 371 a. C. Es muy probable que Filipo de Macedonia la conociera (había luchado contra Tebas y sido su rehén durante un tiempo) y que hubiera compartido la información con su hijo. El célebre especialista en estrategia romano Vegecio la popularizará más  tarde con el nombre de “táctica del orden oblicuo” y Federico de Prusia la impulsará otra vez en el siglo XVIII.

(…)
En un instante, Darío, quien creía poder contrarrestar fácilmente al pequeño ejército macedonio, observa cómo sus propias tropas flaquean ante los reiterados ataques de los Compañeros y de los soldados de la falange, a quienes asisten los hoplitas, los gimnetes y los peltastas. Estos impiden que el enemigo se recupere descargando sobre ellos una lluvia de proyectiles. Es el punto culminante de la batalla, el momento que decidirá su desenlace, que es incierto… (…)

Darío está frente a Alejandro: es el instante fatídico, tal vez el que se ha inmortalizado en el mosaico de Nápoles. Fatídico no solo porque la escena simboliza la lucha extrema de la contienda, sino también porque es el momento en que Alejandro debe tomar una decisión particularmente penosa: le comunican que Parmenión ya no puede resistir, los jinetes persas lograron encerrarlo por los flancos y por el interior utilizando la táctica de la tenaza, en la brecha que se ha abierto en el frente macedonio.

Alejandro siempre imaginó que esa guerra acabaría con la muerte de su adversario en el campo de batalla. Pero, a escasos metros de él, Darío ha anticipado el peligro y comienza a retroceder guiando él mismo su carro, pues su conductor ha sido atravesado por una lanza. (…) El ruido de su látigo sobre el lomo de los caballos se apaga lentamente en medio de esa nube de arena polvorienta que cubre ahora todo el campo de batalla. Alejandro llama a sus jinetes en auxilio de Parmenión, a quien jamás podrá perdonar el haber provocado, a pesar suyo, la huida del rey persa. La maniobra es difícil: las tropas se han dispersado y el suelo está sembrado de cadáveres de hombres, caballos, elefantes y carros despedazados. A pesar de ello, Alejandro logra abrirse paso y se lanza por detrás, en esa brecha que ahora ofrece una salida para socorrer a los hombres de Parmenión.

Felizmente para Alejandro y Parmenión, las tropas persas encargadas de destruir el ala izquierda macedonia se habían dispersado, y una parte de ellas se había precipitado sobre el bagaje para saquearlo. Pero, al contrario que Alejandro, los persas no supieron aprovechar su ventaja. Reaccionando velozmente, la reserva macedonia logra contrarrestar a la caballería persa y recuperar el control del bagaje, mientras se organiza en torno a Parmenión. Pero ese hecho hace huir a los jinetes persas. Pronto chocarán por error con las tropas macedonias que se acercan a socorrer a Parmenión. Esta situación inesperada siembra confusión entre las tropas macedonias, pero Alejandro logra restablecer el orden en su caballería al tiempo que fuerza al enemigo a escapar.

Al llegar junto a Parmenión, la caballería de Alejandro, con el apoyo de la falange, libera el flanco derecho. En ese momento, Mazeo, que aún ignora la huida de su rey, está a punto de desbordar a Parmenión por la izquierda. Sin embargo, la caballería tesalia, para ese entonces muy solicitada, logra repeler el ataque de Mazeo, que se trunca antes de empezar. Tal vez porque se entera de la huida de Darío, su voluntad de continuar combatiendo se esfuma de un plumazo y emprende la retirada con el resto del ejército aqueménida.

Así concluye la batalla de Gaugamela. O casi. Alejandro intentará en vano alcanzar a Darío antes de dar el alto a sus tropas extenuadas cuando el sol se pone, por fin, sobre ese campo de batalla que no es sino un mar de cadáveres. La mayoría de esos hombres habían hallado la muerte durante la huida. Pero cuando desanda camino en busca de noticias de Parmenión, Alejandro tropieza con un contingente de jinetes aqueménidas en fuga que lo atacan. Una lanza lo hiere, pero está dispuesto a vender caro su pellejo. Finalmente logra dominar a su adversario y lo mata.

(…)

¿Cuántos hombres perdieron la vida ese día? Nadie lo sabe. Las cifras que sugieren los historiadores antiguos son fantasmagóricas: 40.000 persas muertos y 300 macedonios según Quinto Curcio; 300.000 y 100, respectivamente, según Arrien.

Lo cierto es que, en pocas horas, Alejandro se convierte en el nuevo amo de Asia. Quinto Curcio dirá: “En un solo día la fortuna reunió los acontecimientos de todo un siglo”. Después de doscientos años de dominación hegemónica, el Imperio aqueménida está a punto de caer. No obstante, con este nuevo amo, será corta la segunda vida de este Imperio. Como la mayoría de los grandes conquistadores, Alejandro no sabrá perpetuar sus conquistas más allá de su propia existencia y, poco después de su muerte, el Imperio se desintegrará definitivamente.

Antes de este trágico desenlace, Alejandro se dedicará a apropiarse del inmenso territorio que se abre ante él. Habrá otras grandes batallas, como la del Hidaspes contra el indio Poros (326 a. C.), pero Gaugamela será su obra magna entre las obras magnas. Quinto Curcio concluye con mesura: “El rey debió esta victoria más a su mérito personal que a su suerte: no venció por las ventajas del terreno, como antaño, sino gracias a sus virtudes morales. Pergeñó un plan de batalla extraordinario, se entregó sin condiciones y fue sabio al desdeñar la pérdida del bagaje y de lo material, a sabiendas de que lo esencial de la batalla se desarrollaba en el frente. Actuó como vencedor antes de que el resultado de la batalla fuera seguro, obligó a huir a los enemigos por la fuerza y mostró más prudencia que crueldad en la persecución de los fugitivos, lo que es muy difícil de creer conociendo sus reacciones violentas”.

De hecho, Alejandro era mucho más que un general de gran talento. Pertenecía a esa especie rara que se puede definir como genio militar, de los que solo un puñado de ejemplos hay en la historia. Como si se tratara de un sueño –o, para el enemigo, de una pesadilla–, Alejandro dominaba con arrogancia todos los parámetros técnicos, tácticos, estratégicos y psicológicos para golpear siempre al enemigo en el lugar exacto en el que podía mostrar signos de debilidad. Su sentido táctico y sus elecciones estratégicas eran juiciosas y creativas, pero su superioridad residía fundamentalmente en su fantástica visión y su poder decisorio, veloz como un rayo, que desafiaba a veces la razón y a menudo la prudencia, aunque en casi todos los casos era infalible. Cierto es que heredó, como ya hemos visto, un formidable aparato militar y gozó de una educación de excelencia, pero tanto esas circunstancias como otras no alcanzan a explicar lo que, en esencia, pertenece al dominio de lo insondable.

Fuente: www.elhistoriador.com.ar