La Guerra Civil Española


Autor: Felipe Pigna

España hacía honor a sus mejores tradiciones allá por 1936. Parecía que el pueblo de Fuenteovejuna había tomado el poder y todos a una, obreros, intelectuales y campesinos, se daban a la maravillosa tarea de construir una República democrática, un lugar para todos. El Ministerio de Agricultura del gobierno del Frente Popular autorizó al Instituto de la Reforma Agraria a ocupar cualquier finca por razones de utilidad social. En pocos meses, hasta donde se pudo, medio millón de hectáreas de tierra fueron entregadas a los campesinos.

Entre los campos repartidos a quienes sí los iban a trabajar, había algunas miles de hectáreas que pertenecían a la Iglesia cuyo fundador había sentenciado. “No hagáis tesoros en la tierra”. Otro tanto venía siendo heredado por una oligarquía terrateniente y rentista. Sin embargo, a los republicanos más audaces las entregas de tierra no los dejaban conformes y proponían su colectivización y que pudiesen ser trabajadas por los campesinos.

Los dueños de todas las cosas se llevaban de maravillas con lo más rancio del generalato español y se declaraban ofendidos por lo hecho por el gobierno republicano del Frente Popular. Les ofendía la extensión de los derechos del trabajador, de la mujer, de los niños y los ancianos, los derechos sociales en general, los horrorizaba la lucha contra el analfabetismo y el oscurantismo, que habían mantenido en la miseria y la ignorancia al pueblo durante tantos siglos.

El gobierno republicano estaba entre la espada y la pared; adoptase las medidas que adoptase su suerte estaba echada. El golpe sólo podía evitarse mediante una renuncia a todas las grandes promesas hechas durante la campaña electoral, y eso no era posible; sus electores no lo hubiesen permitido. El gobierno del Frente Popular quería cumplir con las reformas pero los grupos fascistas, los conservadores, los terratenientes y la mayoría de los señores generales no estaban dispuestos a permitírselo.

El 18 de julio de 1936, desde África, uno de ellos, un heredero de la Inquisición, el general Francisco Franco, a través de un “Pronunciamiento” anunció la decisión del ejército español  de poner fin al gobierno del Frente Popular

El ejército sublevado controló en un principio el territorio marroquí, Castilla del norte, Galicia, parte de Andalucía (Cádiz, Córdoba y Granada), Navarra y la parte oeste de Aragón.

Permanecieron leales al gobierno republicano la España industrializada: casi todo el país vasco, Cataluña, Asturias y otras regiones donde era importante la acción militante del movimiento obrero organizado.

Comenzaba la guerra civil. En una Europa dividida entre fascistas y antifascistas, el conflicto español cobró una dimensión internacional y sirvió como banco de prueba para la intervención de la aviación alemana y el ejército italiano alineados en el bando franquista  y los soviéticos aliados que se sumaron al bando republicano. Era evidente que el resultado de esta guerra civil iba a decidir algo más que el destino de España; sería el preámbulo de la Segunda Guerra Mundial.

Una anécdota bastante difundida puede servir de botón de muestra del pensamiento del “bando nacional”. El gran pensador y escritor español Miguel de Unamuno (1864-1936), que  no era  ni mucho menos un fanático del Frente Popular, daba clases en la Universidad de Salamanca, la misma en la que estudió nuestro Manuel Belgrano. Cuando los franquistas la ocuparon, en representación de su jefe, el general Millán de Astray, usó y abusó  de la palabra, y terminó postulando: “muera la inteligencia, viva la muerte”. Unamuno no pudo contenerse y necesitó responderle con proféticas palabras: “venceréis pero no convenceréis, venceréis porque disponéis de la fuerza; no convenceréis porque carecéis de la razón”.

Federico García Lorca apoyaba a la República con toda su alma y su poesía. Fue detenido por los falangistas en su querida Granada. En el expediente levantado por los que vivaban la muerte y mataban la vida, podía leerse que Federico era “un escritor subversivo y un homosexual” 1. Eso bastó para que aquella madrugada del 19 de agosto de 1936 fuera fusilado junto a un maestro y dos toreros  anarquistas. Aquel régimen asesino que llegaba para quedarse por 40 años no soportaba tanto arte, tanto duende; le resultaba completamente inaceptable el lugar que Federico había elegido para ver la vida, el entender como pocos que para llegar a la poesía había que llegar a la dignidad, como le había dicho en un reportaje al periodista argentino Pablo Suero: “El día que el hambre desaparezca, va a producirse en el mundo la explosión espiritual más grande que jamás conoció la Humanidad”.2

La lucha, tan cruel como suelen ser las guerras entre hermanos, se libró durante tres dramáticos años. La Sociedad de las Naciones mostró su impotencia. Las llamadas democracias occidentales, Francia, Gran Bretaña y los EEUU, no se sintieron moralmente obligados a ayudar a esta democracia popular y siguieron una política de “no intervención”. En la Argentina, en plena Década Infame, millones de pesos de entonces se juntaron en festivales, rifas y funciones de teatro para las armas y los estómagos de la República española. Y hacia allí fueron españoles y argentinos a defender valores universales, como la libertad, la solidaridad y la dignidad. Uno de ellos, Raúl González Tuñón, fue recibido por su “hermano” Antonio Machado con estas palabras: “Venís desde tan lejos a vivir entre amenazas de balas y obuses fascistas. Muchas gracias”. Machado le agradecía a aquel argentino que había propuesto formar “cerca ya del alba matutina las brigadas de choque de la poesía”.

Allí cantaron, pelearon, escribieron la historia y perdieron juntos aquellos argentinos y españoles que preferían ser hijos del pueblo y no de alguna madre patria, ni de ninguna patria, porque se sabían hermanos. Que así se soñaba todavía en aquellos años treinta y tantos.

Referencias:

1 En Ian Gibson, Cuatro poetas en Guerra, Barcelona, Planeta, 2007.
2 Ídem.

Fuente: www.elhistoriador.com.ar