Del laboratorio al Nobel: Leloir y el auge de la bioquímica

Autores: Felipe Pigna y Mariana Pacheco

“La bioquímica y yo nacimos y crecimos casi al mismo tiempo”, solía decir Luis Federico Leloir. Médico y premio Nobel de Química en 1970, Leloir nació en París, a dos cuadras del Arco del Triunfo, el 6 de septiembre de 1906, el mismo año que comenzaron a circular las revistas Biochemische Zeitschrift y Biochemical Journal, publicaciones que resultaron decisivas para consolidar la bioquímica como disciplina independiente, separada de la fisiología y la química orgánica. 1

Leloir en su casa de Viamonte y 25 de Mayo

“La bioquímica y yo nacimos y crecimos casi al mismo tiempo.”

Descubrir una vocación

Sin embargo, su pasión por la bioquímica y por la investigación tardaría cierto tiempo en alcanzar el punto justo de ebullición. En un principio Leloir mostró una vocación más bien vacilante. Estudió Arquitectura en el Instituto Politécnico de París hasta que perdió el interés. De regreso a Buenos Aires, en un giro radical, se inscribió en la Facultad de Medicina y se recibió en 1932 pero no tardó en descubrir que esa disciplina tampoco lo apasionaba. “Trabajé en el Hospital de Clínicas durante aproximadamente dos años. Nunca estuve satisfecho con lo que hacía por los pacientes”, dijo en su autobiografía. 2 “Estaba lleno de dudas”, decía. “Me costaba mucho diagnosticar”. 3

Luis Leloir junto a Bernardo Houssay

Su curiosidad y sus ganas de aprender lo condujeron al Instituto de Fisiología de la Facultad de Medicina, que dirigía Bernardo Houssay, y fue éste quien sugirió al joven médico que hiciera la tesis de doctorado bajo su dirección e incluso le propuso varios temas. “Mi elección recayó sobre el rol de las suprarrenales en el metabolismo de los hidratos de carbono”, recordaría Leloir. Su tesis ganó el premio al mejor trabajo del año y Leloir descubrió una pasión que le cambiaría la vida. “Comencé a pasar más horas en el laboratorio y menos en el hospital”, recordará en su autobiografía. 4

“Sólo sirvo para investigar”

En 1935 Leloir fue a estudiar bioquímica a la Universidad de Cambridge, en el prestigioso laboratorio dirigido por Frederick Gowland Hopkins, un investigador fundamental para el nacimiento de la bioquímica moderna,  ganador del Nobel en 1929 por el descubrimiento de las vitaminas como estimulantes del crecimiento. “Fue durante mi estadía en Cambridge cuando empecé seriamente con la investigación bioquímica”, recordará. 

Él solía bromear diciendo que carecía de aptitudes para realizar otras disciplinas: “Era mediocre para los deportes. Músico, imposible. No tengo oído… Político o abogado, jamás: no tengo dones de orador. La poesía no me llega. No trato de comprender el universo: trato de solucionar cosas pequeñas. Los científicos somos algo semibárbaros e infantiles. Realmente, sólo sirvo para investigar…”, dijo alguna vez. 5

De regreso en Buenos Aires, se reincorporó al Instituto de Fisiología y se asoció con Juan M. Muñoz para investigar el metabolismo del etanol, un proyecto al que Leloir se referirá como “su aventura alcohólica”. Sus hallazgos tuvieron éxito y fueron publicados en el Biochemical Journal. Con el mismo “hermoso y pequeño aparato de destilación” que habían utilizado para medir el etanol, pudieron avanzar en la medida de los ácidos grasos volátiles. 

Leloir y Muñoz se sumaron además a un equipo del Instituto dirigido por Houssay, integrado por Juan Carlos Fasciolo, Eduardo Braun Menéndez y Alberto Taquini, que estudiaba la hipertensión de origen renal. Pronto descubrieron que, debido a un compuesto del plasma sanguíneo, una enzima de riñón liberaba una sustancia, a la que denominaría “hipertensina”, que tenía una gran capacidad de elevar la presión sanguínea. 

Un golpe a la investigación

Tras el golpe de Estado de 1943, Houssay fue dejado cesante por solicitar la normalización constitucional y una democracia efectiva. Pronto las tareas del Instituto de Fisiología fueron interrumpidas y Leloir no pudo continuar con sus investigaciones. Decidió entonces viajar con su esposa, Amelia  Zuberbühler, a Estados Unidos y se incorporó al equipo que investigaba en el laboratorio de Carl y Gerty Cori, quienes obtendrían en 1947 el premio Nobel de Medicina junto a su maestro y mentor Bernardo Houssay. Luego viajó a Nueva York para trabajar con David Green en el Physicians and Surgeons College de la Universidad de Columbia. “Una de las cosas más importantes que aprendí de Green fue que si uno puede encontrar un lugar de trabajo, debería poder formar un grupo de investigación…. (…) Eso fue justamente lo que hice cuando regresé a la Argentina, donde formé un pequeño grupo de investigación que creció lentamente y dio lugar a la Fundación Campomar”, recordará.

Leloir

El Instituto de Investigaciones Bioquímicas

Gracias el aporte filantrópico del industrial Jaime Campomar y al aval de Bernardo Houssay, en noviembre de 1947 comenzó a funcionar el Instituto de Investigaciones Bioquímicas Fundación Campomar 6, un faro en la investigación bioquímica que Leloir presidió durante 40 años. Fue en este instituto donde Leloir y su equipo desarrollaron la mayor parte de su labor creativa.

“En pocos años logramos el aislamiento e identificación de glucosa-1,6-difosfato y del uridina difosfato glucosa (UDPG). Luego aislamos el uridina-difosfatoacetilglucosamina y el guanosina-difosfato-manosa. Estos hallazgos tuvieron cierta repercusión en su época y sirvieron para aclarar el mecanismo de la biosíntesis de polisacáridos, especialmente del glucógeno y del almidón”, detalló Leloir en su autobiografía. Fueron estos hallazgos los que lo catapultaron a la fama mundial y dos décadas más tarde le valieron el Nobel de Química.

“La investigación es indispensable. Algunos países se han dado cuenta del peligro de verla desaparecer.”

Luis Leloir, 1977

La identificación de la UDPG permitió entender cómo los azúcares se transforman e incorporan en rutas biosintéticas, contribuyendo indirectamente al suministro de energía celular. Por otra parte, descubrieron el papel relevante de la glucosa-1,6-disfosfato en el metabolismo del glucógeno. Estos hallazgos, aplicados luego al estudio de la biosíntesis del almidón en plantas resultaron fundamentales.

Los estudios también permitirían identificar enfermedades y trastornos como la galactosemia (incapacidad de metabolizar galactosa), la glucogénesis (trastorno congénito del almacenamiento de glucógeno que afecta al hígado y músculos) y el trastorno congénito de la glicosilación (con notable afectación al sistema nervioso central). Los hallazgos también permitirían avanzar en el estudio de células cancerosas ya que se descubrió que muchas de ellas utilizan la ruta del metabolismo de la glucosa para multiplicarse.

Leloir festejando el día que fue galardonado 10 de diciembre de 1970
Leloir festejando el día que fue galardonado 10 de diciembre de 1970

Una escuela de humildad

En 1970 recibió el premio Nobel. El día que se enteraron en la fundación brindaron con champagne pero en probetas y tubos de ensayos. Al recibir el premio dijo con humildad: “Lo que hice es difícil de entender. (…) Descubrí (no yo: mi equipo) la función de los nucleótidos azúcares en el metabolismo celular. Yo quisiera que lo entendieran, pero no es fácil explicarlo. Tampoco es una hazaña: es apenas saber un poco más… El honor que he recibido excede –de lejos– mi expectativa más optimista. (…) Me siento incómodo al considerar que mi nombre se unirá a la lista de gigantes de la química como van Hoff, Fischer, Arrhenius, Ramsay y von Baeyer, por nombrar solo algunos. También me siento incómodo cuando pienso en químicos contemporáneos que han hecho grandes contribuciones y también cuando pienso en mis colaboradores que llevaron a cabo una gran parte del trabajo”. 7

Después de recibir el premio se le acabó la tranquilidad. Los llamados, las entrevistas, las invitaciones se sucederían sin interrupciones. Héctor Torres cuenta que con su humor característico Leloir decía “que sufría una extinción por distinción». Pese a todas las distracciones, nunca dejó de ir al laboratorio: “Era un hombre de setenta y pico y seguía trabajando como un becario», recuerda su discípulo.

Leloir en el laboratorio (fuente leloir.org.ar)

La rutina de Leloir en el laboratorio 

Héctor Carminatti, que lo acompañó durante tres décadas recuerda que Leloir tenía una rutina muy simple: “Usaba muy pocos tubos de ensayo para sus experimentos. No tenía muchos colaboradores. Llegaba al laboratorio a las 9 y a las 17 se retiraba, cargado de libros y de revistas, para seguir estudiando en su casa. Lo mismo hacia todos los días del año, excepto los domingos, el 25 y el 31 de diciembre”. 8

Armando Pardi recordaba en 1995 que en ocasiones “Leloir escuchaba una pregunta y se quedaba callado, pero venía dos días después con la respuesta justa. Era un hombre que seguía pensando las 24 horas del día y daba con la respuesta buscada”. 9

Dibujo de Leloir en Leloir, una mente brillante (Alejandro Paladini)

Los fracasos y las satisfacciones

El primer becario que tuvo el Instituto, Alejandro Paladini, recuerda que a menudo antes de irse del laboratorio, Leloir se acercaba a su mesa de trabajo y comentaba los acontecimientos del día, lápiz y papel en mano. A veces garabateaba dibujos que ilustraban los resultados negativos, como el 8 de marzo de 1949, cuando dibujó una jornada sin los resultados esperados. En la ilustración se ve un barco hundiéndose, con la palabra CoCo en el mástil (se refiere al UDPG); mientras Paladini (PA) intenta salvarse, Leloir apenas logra mantener una mano en la superficie. 10

Carminatti recordaba que Leloir “solía exagerar sus fracasos para que no nos desanimáramos ante los nuestros”. 11

Pero cuando los resultados eran positivos la satisfacción era inmensa. “Es un gran placer realizar un experimento que sale bien y saber que se ha descubierto algo que se agrega a los conocimientos de la humanidad”, sostenía Leloir en una entrevista realizada en 1977. 12

Su austeridad era proverbial. Durante años trabajó en una silla de paja atada con piolines, usaba un guardapolvo gris arratonado y era sumamente distraído. Podía olvidarse de ponerle nafta al auto o de ponerles cordones a sus zapatos, pero no faltaba al laboratorio. Y su curiosidad y capacidad de experimentar lo acompañaban de toda la vida.

“Leloir solía exagerar sus fracasos para que no nos desanimáramos ante los nuestros.”

Héctor Carminatti

Leloir y la Salsa Golf

Como aquel verano de 1925, en que almorzando con amigos en el Golf Club de Playa Grande, en Mar del Plata, mezcló mayonesa, kétchup, algunas gotas de coñac y de salsa Tabasco, y dio nacimiento a la Salsa Golf, un aderezo ideal para acompañar langostinos y camarones. “Lástima que no la patentamos. Hoy tendríamos más medios para investigar”, ironizaba.

Generosidad y compromiso 

Héctor Carminatti también destacaba su genuino interés por el país. Alguna vez le preguntaron si no sentía nostalgia por la época en la que la Argentina era “el granero del mundo”. A pesar que Leloir venía de una familia aristocrática –era primo hermano de las hermanas Victoria y Silvina Ocampo– y que había prosperado al calor de la Argentina agroexportadora, su respuesta fue terminante: “El país no puede seguir confiando solo en sus riquezas naturales. Hubo un cambio muy grande desde que la fuente de riqueza pasó de los campos a las fábricas, y desde ellas hasta los descubrimientos científicos”. 13

“Era mediocre para los deportes. Músico, imposible. No tengo oído… Político o abogado, jamás: no tengo dones de orador. La poesía no me llega. No trato de comprender el universo: trato de solucionar cosas pequeñas. Los científicos somos algo semibárbaros e infantiles. Realmente, sólo sirvo para investigar…”

Luis Leloir

En 1977 insistía en que la investigación era indispensable: “Algunos países se han dado cuenta del peligro de verla desaparecer. Brasil, por ejemplo, está haciendo enormes esfuerzos para desarrollar su ciencia”. 14

Leloir en su laboratorio (Revista Gente 10 de febrero de 1999)

“La investigación es una escuela de humildad” 

Alguna vez dijo que solo le temía a tres cosas: la soberbia, la prepotencia y la estupidez. Y criticaba duramente a sus compatriotas. “Los argentinos siempre esperamos un mesías que nos salve, queremos ganar todos los campeonatos de fútbol, y creemos en cualquier cosa.”  Pero era al mismo tiempo muy tolerante. Enrique Belocopitow, que lo conoció de cerca, recordaba esa característica: “Una de las cosas que más me llamó la atención de Leloir fue su tolerancia en cuanto a la forma de pensar de la gente. Sólo le interesaba que sus colaboradores trabajaran y que trabajaran bien”. 15

Leloir sostenía que eran los propios fracasos que debían enfrentar a diario los investigadores los que facilitaban esa plasticidad para aceptar opiniones diversas: “La investigación tiene la virtud de volver flexible la opinión según las circunstancias, como resulta de la experiencia de laboratorio que nos demuestra lo opuesto a la idea que teníamos. Uno se da cuenta así de las limitaciones de su pensamiento y la investigación se vuelve en cierto sentido una escuela de humildad”. 16

Leloir trabajó entre pipetas y tubos de ensayo hasta el último día de su vida. Una tarde, al volver como todos los días del laboratorio, sufrió un infarto masivo. Murió poco después el 2 de diciembre de 1987.  Tenía entonces 81 años.

Referencias:

1. La revista Journal of Biological Chemistry había comenzado a publicarse un año antes, en 1905.

2. Autobiografía https://ri.conicet.gov.ar/bitstream/handle/11336/122090/LFL-PI-O.1.pdf?sequence=1&isAllowed=y

3. Serra, Alfredo, “Luis Federico Leloir”, Revista Gente, 10 de febrero de 1999.

4.  Autobiografía, op. cit.

5. Serra, Alfredo, op. cit.

6. Antecedente de la actual Fundación Instituto Leloir.

7. Serra, Alfredo, op.cit.

8.  Carminatti, Héctor, “Luis Federico Leloir, cien años después”, en Diario La Nación, 5 de septiembre de 2006. El autor fue presidente del Instituto de Investigaciones Bioquímicas y trabajó junto a Leloir durante tres décadas.

9.  Belocopitow, Enrique y Frid, Débora, “Cómo ganar un premio Nobel”, Diario La Nación, 1995, pág. 6.

10.  Paladini, Alejandro, Leloir. Una mente brillante, Buenos Aires, Eudeba, 2007, pág. 65.

11.  Carminatti, op. cit.

12.  Revista Panorama, junio de 1976.

13.  Carminatti, Héctor, op. cit.

14.  Revista Panorama, junio de 1976.

15. Diario La Nación, 4 de diciembre de 1987.

16. Revista Panorama, junio de 1976.