Lilian De Guardo


Autor: Felipe Pigna

¿Cómo conoció a Eva Perón?
Yo he tenido una linda infancia, una linda adolescencia, pero la parte más interesante de mi vida fue cuando Evita me eligió para ser su amiga, me llevó a su lado. Al principio me llevaba un día, después otro más, pero así espaciado. Hasta que nos entusiasmamos y nos veíamos todos los días. Ella me despertaba todos los días a las seis de la mañana, personalmente. «Lilian, ¿está dormida?». Y yo con una falsedad absoluta decía: «No, señora. Estoy despierta.» Y usted sabe que la vida de los políticos es de noche y mi marido era político. Era médico y odontólogo. Había seguido su carrera de medicina para enriquecer su odontología, pero nunca ejerció. Solamente odontología. Y conoció a Perón – yo estaba completamente fuera de eso-, pero él llegó a ser consejero de la facultad. Él vio que había un dinero que estaba reservado y no se sabía para qué era. Entonces, empezó a investigar y le dijeron que era para hacer todo un predio de facultades. Entonces empezó a buscar a quién le podía pedir consejo y le indicaron que había una persona en ese gobierno, que es el de Farrell, que estaba en Trabajo y Previsión, que era un coronel Perón, que resolvía los asuntos más importantes. Entonces, Ricardo pidió la entrevista y así conoció a Perón. Le dijo su problema y a Perón le pareció muy interesante y le dijo: «Con el dinero que tienen de reserva las facultades usted Guardo se va a encargar de buscar gente capaz que lo secunde y pónganse ya a recorrer las facultades viejas y hagan todo un predio nuevo». Y así se instaló al lado de Perón, aunque él seguía ejerciendo su profesión.

Yo en ese momento estaba esperando mi cuarto hijo, así que estaba fuera de todo. Pero después que tuve a mi bebé, que elegí como fecha –dio la casualidad, pero ¡qué casualidad!- para que naciera el 18 de octubre de 1945. Así que fue una fecha muy notable en mi vida.

Fue en la etapa de Resurrección que el coronel lo llama a Ricardo y le dice «Giovinotto, venga a almorzar con nosotros». Y Ricardo muy tímidamente le dice: «Ha llegado mi esposa de Mar del Plata y yo como es Pascua de Resurrección me gustaría almorzar con ella. «Ah, pero ¿usted es casado?». No había averiguado que Ricardo era casado. «Sí, soy casado y tengo cuatro hijos». «Bueno, venga con su señora, así la conocemos”. Y así fui con Ricardo a San Vicente, que era donde estaban ellos.

Me encontré con una Evita inusitada: estaba vestida sin maquillaje, su cara limpia, tenía un cutis estupendo –color marfil era su piel-, y vestida con un pijama del general, arremangadas las piernas, arremangados los brazos y con dos trencitas. En fin, completamente natural. Y era una belleza. Por supuesto que yo ese día ni abrí la boca, porque entre Ricardo, el coronel Perón y Evita hablaban de su próximo gobierno, de cómo iba a ser, de qué ministros iban a poner… En fin, de esas cosas que ellos estaban muy habituados a manejar y que yo no entendía nada. Así que yo no hice más que escuchar. Pero se ve que a Evita hubo algo que le gustó y me llevó un día, me fue llamando otro día y así nos hicimos habitué y estuvimos toda la vida juntas. De los años que yo estuve con Evita, todos los días ella me levantaba a las 6 de la mañana y a las 7 me mandaba el coche.

¿Cómo era un día con Evita?
Un día con Evita era extraordinario. Evita era una mujer que no tenía cansancio: no dormía, no comía, era su trabajo. Así que era muy interesante estar con ella. Además que venía una cantidad de personalidades a entrevistarla y yo no hacía más que acompañarla. Evita trataba a la gente, le solucionaba los problemas. Era interesantísimo verla trabajar, porque tenía una lucidez extraordinaria, era muy joven también. Y se pasaba todo el día trabajando y suspendía recién a la hora de almorzar, porque el general Perón –que ya era general- nos esperaba a tal hora en la residencia para almorzar.

¿Cómo era la relación de Evita con la gente?
Evita tenía muy buena relación con todo el mundo. Ella recibía en su obra social persona por persona. No le importaba que la persona tuviera cicatrices o tuviera heridas en la cara. No le producía malestar. Ella los recibía y los abrazaba a todos. A veces a las secretarias gremiales les daba miedo, porque pensaban que la gente que la visitaba podía tener algo contagioso y, sin que nadie se diera cuenta, la llevaban adentro y le pasaban alcohol. Evita se dejaba hacer lo que querían, pero volvía a hacer lo mismo: abrazar a todo el mundo. Intentaba solucionar y solucionaba casi todos los problemas. Ella hablaba con un ministro y con otro y les buscaba trabajo a las personas que necesitaban, o conseguía una pierna ortopédica o una máquina de coser. Ella todo eso lo solucionaba. Y cuando eran cosas materiales importantes, entonces los miércoles a la mañana salíamos con el chofer. Éramos cuatro personas que íbamos con el chofer. Y ella entregaba personalmente esos regalos más importantes. Y yo me emocionaba muchísimo: primero porque sentía un placer tan grande de ver que esta señora podía darse ese gusto de socorrer a la gente y segundo porque veía la reacción de la gente. Yo he visto hombres llorar cuando veían a Evita, que iba a hacer ese reparto. Porque lo hacía con tanta dignidad, con tanta dulzura, con tanto afecto y cariño, que era notable.

¿Cómo surge la invitación para acompañar a Evita en su viaje a Europa?
En uno de esos días en que íbamos a almorzar, el general se va a lavar las manos y cuando sale -yo no me lo voy a olvidar nunca, Perón secándose con la toalla- me dice: «Lilian, me dicen que usted no quiere ir con Evita a Europa». «No –le dije-. No es que no quiera, es que tengo un bebé todavía de meses y tengo tres niñas adolescentes en las peores edades (7, 9 y 11) y no me atrevo a dejarlas, aunque sé que me ausentaría quince días nada más.» El general me dijo: «Sí, la comprendo perfectamente. Comprendo su manera de pensar, pero si usted no va, no la dejo ira a Eva. Yo la dejo ir a Eva si usted la acompaña». Lo cierto es que en ese mismo momento yo le dije al general que la iba a acompañar. Y así fue como comenzó el viaje de las mil y una noches. El único inconveniente fue que en vez de quince días, fueron tres meses.

¿Cómo fue la recepción en Europa?
Entonces empezó la preparación de ese viaje. Había que ver a quién se iba a ver, qué atuendos había que llevar. Y llegó el día de la partida: yo dejé a mi pequeña familia. Y lo duro fue que no duró quince días, sino tres meses. Esa pequeña familia me hizo sufrir mucho su ausencia. Pero en Europa fueron maravillosos los agasajos que le hicieron a Eva Perón. Yo no creo que se vuelva a repetir una cosa igual; eran espectaculares todas las recepciones que se hicieron; le dejaran que hiciera lo que ella quería. Ella se sentía realmente como una niña mimada. Y la querían muchísimo, la recibieron verdaderamente con cariño. Así que pasaron los quince días enseguida y, al contrario, se alargaron dos días. El viaje en España en vez de durar 15 días, duró 17. Y después se sumaron a eso todos los demás países que la invitaron.

Llegamos a España donde se la agasajó a Evita de una forma extraordinaria y se le hicieron unos festejos extraordinarios. No me voy a olvidar nunca la parte de Granada que fue extraordinaria, porque nos hicieron visitar Granada de noche y no había luna, pero ellos fabricaron la luna. Entonces, estratégicamente había lugares iluminados por la supuesta luna. Y en rincones oscuros donde no daba esa luz, había una orquesta con violines y había una orquesta con cantores. Así que era un sueño. Uno iba caminando por la Alambra y veía los reflejos de la luna y las distintas sinfonías que se oían en los lugares más oscuros, que no veías quiénes las interpretaba. Era un sueño.

Varios años después yo hice un viaje a Europa con mi marido y visitamos la Alambra de día. Mi marido se quedó maravillado con la Alambra y el guía que nos acompañaba le dijo: «Esto no es nada señor. ¡Si usted la hubiera visto cuando vino la señora de Perón!» Y yo tuve el privilegio de verlo.

Cuando estuvo en Sevilla, que tuvo un recibimiento maravilloso, uno de los actos que se hicieron fue que ella fuera a la Iglesia y la hicieron subir a donde estaba la Virgen, la Macarena. Entonces ella allí tuvo un gesto lindísimo: subió bien hasta arriba –que a muy poca gente se lo dejan hacer-, se arrodilló junto a la virgen, le rezó una oración e instintivamente en un gesto muy generoso, dudó un poquito como sin saber qué hacer, se sacó sus aros y se los dejó a la virgen. Sus aros eran muy lindos, eran de oro y brillantes, pero ella como queriendo colaborar con esa virgen… Un gesto muy lindo de ella, muy comentado.

¿Cómo era su relación con Evita?
Ella me contaba todo. Le voy a contar una anécdota muy linda de ella. Cuando nosotras llegamos a España nos hospedaron en el palacio del Pardo que es enorme –no es el palacio de Oriente que es el oficial-. Era muy grande y a Evita le dieron un dormitorio muy grande que daba a los jardines. Su alfombra era gris, tenía una cama rosa preciosa, tenía una corona dorada y de ella caía un dosel muy delicado; era una belleza. Entonces la primera noche que llegamos le dieron a ella su habitación y después había una habitación de roperos para poner la ropa de ella y después mi cuarto que era estilo imperio. Entonces me arreglé, me acosté y empecé a hacer un resumen de lo que habíamos visto ese día. Yo pensaba llevar un diario de viaje, cosa que no pudo suceder porque nunca tuve tiempo de escribirlo. Entonces, cuando estaba intentando escribir suena el teléfono en mi mesita de noche: «Liliancita…» -cuando Evita me decía “Liliancita” es que me iba a pedir algo muy gordo-. «Sí, señora, estoy acá escribiendo lo que vimos hoy.» «Venga acá así intercambiamos ideas y me entero de lo que está poniendo», me dijo. Y me fui para allá. A ella le había llamado mucho la atención ese día la visita a la tumba de los reyes católicos. Entonces, me preguntó si no había puesto lo de la almohada. Yo ni me acordaba de la almohada, que era que la almohada de Fernando estaba más recta, con poco movimiento, en cambio la de Isabel estaba bien hundida. A Evita le había llamado la atención. «Porque, ¿vio, Lilian? Dicen que el cerebro de Isabel era más pesado que el de Fernando», me dijo. Entonces lo puse. Cuando un rato después ya no podía más, y veía que ella empezaba a dormirse, –como hacía con mis chicos- comencé a irme despacito, despacito. Pero cuando llegué a la puerta escucho: «Liliancita, Liliancita». Después de tres tentativas le dije: «Mire, señora, mañana vamos a estar horribles las dos. Tenemos que descansar, que dormir. No puede ser que nos pasemos toda la noche conversando. Yo la dejo». Entonces, con una humildad que a mí me emocionó muchísimo me dijo: «¿Sabe, Lilian? Tengo miedo». Y a mí me hizo tanto efecto esa confesión de ella. Fue tan humilde, que me acomodé en el silloncito y dormí ahí.

Pero sucedió que después nos acostumbramos las dos a que yo me quedara en el silloncito y que le contara cosas. Entonces, pensé que realmente se iba a quedar sin acompañante, porque yo me iba a morir con ese tren de vida. Entonces, un día salimos, adelante iban en el auto el general Franco y Evita y en el otro auto iba la señora Carmen Polo, la esposa de Franco, y yo. La señora de Franco me hacía hablar y como sabía que yo tenía unos niñitos me hablaba de ellos y ese día yo aproveché y le pedí una cosa: «Mire, nosotras estamos acostumbradas con Evita a estar conversando a la noche y yo me quedo en un silloncito. Yo le quería pedir si me podrían poner un catrecito al lado de su cama para poder descansar». «¡Ay! ¡Cómo no me lo dijo antes!», me dijo. Era muy agradable. Cuando llegamos al palacio después de esa visita, nos vamos al dormitorio y nos encontramos con que había una tarima más grande, dos camas de palo de rosa, dos coronas y dos doseles de encaje. Entonces, Evita me preguntó qué era eso. Yo le dije: «Mire, señora, yo le dije a doña Carmen que me pusiera un catrecito, pero parece que se le fue la mano». Esa fue la anécdota. Desde entonces nos ponían los cuartos con dos camas juntas para que no estuviéramos separadas.

¿Cómo fue la visita al Papa?
Luego de visitar España, llegamos a Italia y la parte más importante de Italia fue la visita al sumo pontífice. Evita siempre quería que yo la acompañara, pero a mí me pareció que en esa entrevista yo no debía estar y así se lo dije a ella. Le di mis razones: «A mí me parece, señora, que es tan importante que el sumo pontífice la reciba, que creo que debe ser una entrevista entre ustedes dos». Y ella se fue y pasó sola a ver al Papa y estuvo bastante tiempo con ella. Me dijeron que fue una entrevista importante porque todas las entrevistas personales llevaban veinte minutos y Evita estuvo 45 minutos con el sumo pontífice. Después de eso se abrieron las puertas, entramos todos y el Papa nos dio la bendición. Y según parece fue positiva esa entrevista.

¿Cómo era el carácter de Evita?
Evita tenía un carácter fuerte. No hubiera podido ser de otra forma una mujer que en cinco años hizo lo que hizo. Tenía un carácter fuerte, pero no era nerviosa. Tampoco se enojaba porque sí. Era justa, pero era firme en sus resoluciones. Y era bien educada, porque se corrió la voz de que Evita era mal educada, que decía malas palabras, que no sabía comer. Y sabía comer muy bien. No hubo necesidad de enseñarle. Y no decía malas palabras, solamente alguna vez que le negaban lo que ella quería, no le entendían lo que ella quería hacer por el mismo beneficio de ellos, entonces decía: «Dejáte de joder». Esa es la palabra más fuerte que yo le oí a Evita y no se la oía a menudo. Así que el carácter de ella era así, pero no era malo. El carácter de ella en la mesa, en la residencia era el normal de un matrimonio que se lleva bien. A veces ellos discutían por política, pero no una cosa mala, sino normal. Yo tuve el privilegio de ver todo eso. Yo soy una privilegiada, porque nadie tuvo la intimidad que yo tenía con ella. Ella tenía muchas amigas, no íntimas, gente que la iba a saludar, las mujeres de los ministros, toda esa gente. Pero yo tenía el cuidado que, aunque estaba con ella, cuando ella tenía una entrevista yo me iba, para dejarle libertad a ella y para que no se viera obligada a decir que yo estaba con ella. Así que la gente nunca supo mucho de esto, pero la verdad es que Evita me confirió ese honor de ser su amiga.

¿Qué le contaba Evita?
Ella me contaba las cosas que tenía en vista y el proyecto más grande que tenía, ella me lo dijo muy bien, era que al regreso de ese viaje a Europa, iba a ponerse a trabajar seriamente sobre el voto femenino. Esa era una ilusión muy grande que ella tenía. Quería llegar a que las mujeres votaran y a que tuvieran los mismos derechos que el hombre. Y se puso realmente a trabajar. Ese era uno de los proyectos más grandes que ella tenía, pero siempre contemplando su ayuda a todo el mundo. No dejaba por eso de ayudar a toda la gente. Siempre recibía todas las mañanas a todo el mundo, a la tarde se iba a algún festejo social que había, algún casamiento de la gente de ella. Íbamos todos, porque ella no quería que yo la dejar a ella por nada. Por eso es que yo estaba siempre presente con Evita. Así que tuve perfectamente la ocasión de ver cómo era ella, cómo era su carácter, era una mujer fina, educada. Nada de lo que se dice equivocadamente.

¿Qué decía sobre las críticas que recibía de algunos sectores?
Usted se imaginará que se ofendía bastante. Ella no decía nada, porque sabía que no tenía solución. Pero a ella le dolía a veces íntimamente que la gente la tratara de forma tan fea. Eso le dolía mucho a ella. Pero no decía nada. Seguía su camino firme de ayudar a sus cabecitas negras. Y los ayudaba. Lo hacía con cariño, con amor