Mancio Serra de Leguizamón, un conquistador arrepentido


Autor: Felipe Pigna

Las atrocidades cometidas por Pizarro y sus cómplices en la Conquista del Perú iniciada en 1532 no tuvieron límites y pusieron fin a una de las culturas más interesantes y complejas de América, la de los Incas. Lo que de tanto dicho y narrado se ha naturalizado es que aquella aberrante conquista fue una proeza, una epopeya, sentando el pésimo precedente entre los alumnos y los lectores en general de muchas generaciones según el cual el crimen organizado, el secuestro extorsivo, el saqueo, la violación sistemática y el robo pueden convertirse como por arte de la manipulación histórica en actos heroicos y reivindicables cuando son cometidos por los vencedores avalados por los poderes de turno del siglo XVI a la fecha.

Uno de los cuestionamientos que suele hacerse -en realidad casi una defensa desesperada de aquel predominio discursivo en franca decadencia- es decir que quienes criticamos la barbarie conquistadora sacamos las cosas de contexto y que “hay que ponerse en la mentalidad de la época”. Muy bien entonces, ponemos a disposición este magnífico documento rescatado hace más de 150 años por William H. Prescott, investigador norteamericano nacido en Salem, Massachussetts, en 1796, en su clásica Historia de la Conquista del Perú, cuya primera edición data de 1847.

Se trata del testamento del capitán Mancio Serra de Leguizamón, vecino de Cuzco, quien como él mismo señala, fue uno de los primeros conquistadores del Perú y en aquellos días de septiembre de 1589 cuando temía por su muerte, su descendencia y su morada eterna en los infiernos, era el último exponente de una generación de prepotentes e impenitentes en decadencia. Esto decía Leguizamón con toda su “mentalidad de la época”:

“Yo el Capitán Mancio Serra de Leguizamón, vecino de esta ciudad del Cuzco, cabeza de estos reinos del Perú, y el primero que entró en ella al tiempo que descubrimos y conquistamos y poblamos este dicho reino, como es notorio: Estando como estoy agravado de mucha enfermedad en mi cama y en mi seso, juicio y entendimiento natural y cumplida memoria y temiendo la muerte por ser cosa tan natural, que viene cuando no pensamos, otorgo y conozco que hago y ordeno mi testamento, última y postrimera voluntad, y las mandas, legados y pías causas en él contenidas, en la forma y orden siguiente para su servicio.

”Primeramente antes de empezar dicho mi testamento, declaro que ha muchos años que yo he deseado tener orden de advertir a la Católica Majestad del Rey Don Felipe, nuestro Señor, viendo cuán católico y cristianísimo es, y cuán celoso del servicio de Dios nuestro Señor, por lo que toca al descargo de mi alma, a causa de haber sido yo mucho parte en descubrimiento, conquista, y población de estos reinos, cuando los quitamos a los que eran señores Incas, y los poseían, y regían como suyos propios, y los pusimos debajo de la real corona, que entienda Su Majestad Católica que los dichos Incas los tenían gobernados de tal manera, que en todos ellos no había un ladrón ni hombre vicioso, ni hombre holgazán, ni una mujer adúltera ni mala; ni se permitía entre ellos ni gente de mal vivir en lo moral; que los hombres tenían sus ocupaciones honestas y provechosas; y que los montes y minas, pastos, caza y madera, y todo género de aprovechamientos estaba gobernado y repartido de suerte que cada uno conocía y tenía su hacienda sin que otro ninguno se la ocupase o tomase, ni sobre ello había pleitos; y que las cosas de guerra, aunque eran muchas, no impedían a las del comercio, ni éstas a las cosas de labranza, o cultivar de las tierras, ni otra cosa alguna, y que en todo, desde lo mayor hasta lo más menudo, tenía su orden y concierto con mucho acierto; y que los Incas eran tenidos y obedecidos y respetados de sus súbditos como gente muy capaz y de mucho gobierno, y que lo mismo eran sus gobernadores y capitanes, y que como en estos hallamos la fuerza y el mando y la resistencia para poderlos sujetar y oprimir al servicio de Dios nuestro Señor y quitarles su tierra y ponerla debajo de la real corona, fue necesario quitarles totalmente el poder y mando y los bienes, como se los quitamos a fuerza: y que mediante haberlo permitido Dios nuestro Señor nos fue posible sujetar este reino de tanta multitud de gente y riqueza, y de Señores los hicimos siervos tan sujetos, como se ve: y que entienda Su Majestad que el intento que me mueve a hacer esta relación, es por descargo de mi conciencia, y por hallarme culpado en ello, pues hemos destruido con nuestro mal ejemplo gente de tanto gobierno como eran estos naturales, y tan quitados de cometer delitos ni excesos, así hombres como mujeres, tanto por el indio que tenía cien mil pesos de oro y plata en su casa, y otros indios dejaban abierta y puesta una escoba o un palo pequeño atravesado en la puerta para señal de que no estaba allí su dueño, y con esto, según su costumbre, no podía entrar nadie adentro, ni tomar cosa de las que allí había, y cuando ellos vieron que nosotros poníamos puertas y llaves en nuestras casas entendieron que era de miedo de ellos, porque no nos matasen, pero no porque creyesen que ninguno tomase ni hurtase a otro su hacienda; y así cuando vieron que había entre nosotros ladrones y hombres que incitaban a pecado a sus mujeres e hijas nos tuvieron en poco, y han venido a tal rotura en ofensa de Dios estos naturales por el mal ejemplo que les hemos dado en todo, que aquel extremo de no hacer cosa mala se ha convertido en que hoy ninguna o pocas hacen buenas, y requieren remedio, y esto toca a Su Majestad, para que descargue su conciencia, y se lo advierte, pues no soy parte para más; y con esto suplico a mi Dios me perdone; y muéveme a decirlo porque soy el postrero que  muere de todos los descubridores y conquistadores, que como es notorio, ya no hay ninguno, sino yo solo en este reino, ni fuera de él, y con esto hago lo que puedo para descargar mi conciencia.» 1

Referencias:

1 Citado en William H. Prescott, Historia de la Conquista del Perú, Tomo III.