Alejandro Korn tras la Reforma Universitaria


Alejandro Korn fue uno de esos protagonistas de la historia que se destacó en cada terreno en el que actuó. Nacido en el paraje bonaerense de San Vicente el 3 de mayo de 1860, ante todo, fue uno de los principales médicos psiquiatras del país. Primogénito de ocho hermanos, su vocación médica se explica por la trayectoria de su padre, un militar prusiano devenido en médico luego de que su carrera militar se frustrara al plegarse a las corrientes liberales e idealistas  de la época. Korn egresó de la Facultad de Ciencias Médicas de Buenos Aires en 1893, carrera que costeó con traducciones de novelas y biografías del alemán. Luego de trabajar como médico rural en la localidad de Ranchos -donde contrajo matrimonio con María Cristina Villafañe-, se trasladó a Tolosa, localidad vecina de la recién fundada La Plata y pronto logró desempeñarse  como médico de la policía local. Luego de nueve años, en los cuales fundó la Sociedad Médica de la Plata, el 2 de noviembre de 1897, fue puesto al frente del hospital provincial de alienados Melchor Romero. Korn tenía entonces 37 años y allí, durante dos décadas, convirtió en políticas concretas su ya marcado corrimiento de la corriente positivista en la que se había formado. La reforma asistencial que llevó adelante abarcaba desde la incorporación de tareas agrícolas y rurales realizada por los pacientes en condiciones de “libertad relativa”, un trato humanitario con los enfermos mentales e innovaciones edilicias, todo lo cual contribuía a la buscada “humanización de la locura”.

En paralelo a sus tareas médicas, Korn había desarrollado su pasión por la escritura y la filosofía e inició su camino en la vida universitaria. De joven había escrito numerosos poemas y novelas y, de a poco, logró construir un pensamiento que lo destacaría como uno de los principales pensadores de la libertad y la conciencia, en la transición que pondría fin al dominio positivista. Sus ideas quedarían plasmadas en los libros La libertad creadora (1922), Axiología (1930) e Influencias filosóficas en la evolución nacional (1936). Hacia comienzos de siglo comenzó a enseñar filosofía en La Plata y Buenos Aires. Pero su enseñanza académica, en el marco del impulso reformista, trascendió los claustros universitarios. Su estrecha relación con grupos estudiantiles le permitió que, una vez iniciado el proceso de la Reforma Universitaria, fuera propuesto para el cargo de decano de la facultad de Filosofía y Letras, al que accedió en 1918, cuando por primera vez votaron los estudiantes. Korn -quien además había incursionado en la política local platense, llegando a ser  en 1894 diputado provincial por la recién nacida UCR-, expuso en su primer discurso como máxima autoridad facultativa los conceptos centrales del original pensamiento que había elaborado. Por entonces, solía decir: «El cambio de rumbo se impone; un nuevo ritmo pasa por el alma humana y la estremece”. Korn falleció hace 75 años, el 9 de octubre de 1936.

Fuente: Dardo Cúneo (Pról. y Comp.), La Reforma Universitaria (1918-1930), Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1974.

Discurso de Alejandro Korn como primer decano electo con el voto estudiantil, sucedida la Reforma Universitaria

Comporta el puesto que me discierne el voto de los profesores y alumnos una alta distinción, y al aceptarla no puedo menos de exteriorizar mi gratitud

(…)

No he de ocultar, sin embargo, que en este instante, a pesar de este ambiente placentero, más que la sensación del halago, prevalece en mi ánimo la sensación de la responsabilidad que asumo, la duda propia del hombre nuevo llamado a continuar la obra de tan dignos antecesores (…) Por un feliz concurso de circunstancias, la prudencia, señor interventor, la acción concorde de profesores y alumnos ha clausurado con rapidez este episodio, no sin dar un ejemplo de unión y de cordura. Me conforta este espíritu de circunspecta sensatez; él justifica la intervención de los estudiantes en el gobierno de las casas y aleja todo recelo sobre la eficacia de la avanzada reforma que ensayamos. Su primer fruto es un Consejo Directivo habilitado para satisfacer todas las aspiraciones legítimas.

(…)

No sin complacencia volvemos una mirada retrospectiva sobre el desarrollo de esta facultad; su importancia y su misión fue negada en los comienzos, pero lentamente se poblaron sus aulas, se cumplió el cuadro de su enseñanza, se convirtió en centro destinado a la difusión de las ideas y ya estos muros son estrechos para albergar junto a las aulas las colisiones etnológicas del museo, la creciente riqueza de su biblioteca, nuestra valiente sección histórica y la geográfica encaminada a idéntico desarrollo, creaciones todas que honran a sus iniciadores.

En buena hora se incorporan al Consejo fuerzas nuevas, exponentes representativos de nuestra vida intelectual, cuyo renombre ha salvado los lindes patrios; vienen ellos a su propio hogar, era su ausencia la que extrañábamos, no nos sorprende su llegada. Luego compañeros hoy, quienes ayer nomás frecuentaban nuestras clases, arrojarán a la controversia académica la voz de nuestra juventud, el eco de sus anhelos, el reflejo de sus impaciencias, la gallarda entereza de sus desplantes. Y por primera vez en nuestro grave cónclave pondrá su nota amable la mujer; viene a ocupar en la casa de Rivadavia el bien ganado sitio y bien la representa la distinguida graduada que honra nuestra facultad.

Así llegaremos de los rumbos más opuestos de la vida a sentarnos en torno de la mesa del Consejo, distintos en años, en experiencia y saber, separados por hondas divergencias, pero mancomunados en el culto de los más altos intereses humanos, con igual libertad de espíritu, dispuestos a hacer de esta casa el centro, el foco de un intenso movimiento intelectual, a conquistarle la preeminencia en el organismo universitario, al extender su influencia sobre las más altas aspiraciones de la vida nacional.

(…)

No debemos considerar estos movimientos que han venido a perturbar el tranquilo ambiente universitario como hechos aislados o fortuitos. Después de lenta gestación, se han insinuado en su punto, han estallado en otros y han repercutido en todos, hasta imponerse con la implacable coerción de las fuerzas que surgen de su obra histórica. Debemos vincularlos, no a causas ocasionales o transitorias, sino a la razón fundamental que las informa. No debemos apreciarlos, según sus rasgos humanos, tal vez excesivamente humanos, sino según la finalidad que los rige. Son en realidad, la expresión aún inorgánica, vaga, quizá desorientada, de la honda inquietud que estremece el alma de las generaciones nuevas. Algún estrépito había de ocasionar el crujir de los viejos moldes.

No son estos movimientos sino un incidente dentro de otros más amplios, que, a su vez, reflejan grandes corrientes universales, pues nosotros somos una parte solidaria de la humanidad.

(…)

Hay en la evolución de las ideas un movimiento rítmico, en virtud del cual toda época nueva ofrece un carácter opuesto a la que precede. ¿Y cuál, preguntemos, fue el carácter saliente de la última, que hoy se desvanece en el pasado? Ningún extraño lo anunció en sus albores; fue un pensador genuinamente nacional el que nos dio la clave de los, para él, tiempos venideros, al revelar el carácter económico de los problemas sociales y políticos. La doctrina de Alberdi la hemos vivido hasta agotarla, hasta exagerar y pervertir, hasta subordinar toda actividad a un interés económico. E hicimos bien; esa fue la ley del siglo y realizóse la obra nacional más urgente.

Mas el proceso histórico no se interrumpe, todo principio extremado engendra su contrario, un nuevo ritmo sobreviene, su significado es otro: hay valores superiores a los económicos. No lo ignorábamos, ese era el secreto de esta casa, en la cual no hay una sola cátedra donde se enseñe el arte de hacer dinero. (…)

Y el nuevo orden surge con anhelos de justicia, de belleza y de paz; con ideales éticos, estéticos y sociales. (…)

Con su trabazón lógica, casi escolástica, ha poco aún se imponía aquel sistema que, apoyado en las ciencias naturales, hacía del hombre una entidad pasiva, modelado por fuerzas ajenas a su albedrío, irresponsable hasta de sus propios actos (…); la libertad era una hipótesis (…) Y he aquí que vuelven ahora a postularse ideales, queremos ser dueños de nuestros destinos, superar el determinismo mecánico de las leyes físicas, el automatismo inconsciente de los instintos, conquistar nuestra libertad moral (…) El hombre reclama los fueros de su personalidad, la capacidad de la acción espontánea (…) mis alumnos saben que jamás desde la cátedra he dogmatizado y con igual fervor les he expuesto a Platón y a Lucrecio Caro. (…) Como en los tiempos remotos en que el discípulo de Sócrates pensaba las utopías de su República, el ideal se resume en la misma palabra: Justicia, que para Platón era la síntesis de la tríade ética. Justicia queremos como norma de nuestra conducta: justicia social, justicia entre las gentes de distinta estirpe. (…)

Toca, por cierto, a la Universidad no descuidar esta paz de su misión, y la acaba de tener presente al suprimir -por fin- la tradicional tutela de las trabas reglamentarias con las cuales pretendía mecanizar la vida del estudiante. No desconozcamos su alcance. Esta innovación emancipadora no es un alivio para nadie; ella dignifica la vida universitaria, pues despertará en profesores y alumnos la conciencia de su responsabilidad. (…) Esta reforma por fuerza ha de intensificar la seriedad de las pruebas finales y desde luego impondrá al estudiante mayor contracción y sobre todo el autodominio de su voluntad. La libertad es un bien para los fuertes, para muchos será un escollo.

(…)

La misma coparticipación de los alumnos en la designación de las autoridades universitarias es un hecho que impone los deberes correlativos. Es menester ejercerlo con ecuanimidad (…) Y permítanme los alumnos que con la autoridad que ellos mismos me han dado, les haga una advertencia: tras de las nuevas ordenanzas ha aparecido como por generación espontánea, el tipo de docente empeñado en captarse la benevolencia del estudiante con la frase lisonjera que explota sus flaquezas. Ese es el enemigo. No ha de mediar displicencia entre el profesor y los alumnos, bien poco vale el saber sin la bondad, pero el maestro ha de ser severo, que no educa a niños sino a hombres.

(…)