Isabelita del Valle, “la eterna novia de Gardel”


Carlos Romualdo Gardés fue, para todo el mundo, Carlos Gardel, “el zorzal criollo”, “el morocho del Abasto” o “el jilguero de Balvanera”, como solía llamársele. Su vida encierra todavía numerosos misterios, pero nadie pondrá en cuestión su innegable talento para el canto.

Entre las muchas disputas en torno a su figura, se encuentran el lugar y año de nacimiento. El libro El padre de Gardel, de Juan Carlos Esteban, Georges Galopa y Monique Ruffié, consigna que el famoso cantante nació en Francia el 11 de diciembre de 1890 y fue inscripto en el registro de Toulouse como Charles Romuald Gardes.

En una investigación criminalística reciente, los forenses Raúl Torre y Juan José Fenoglio concluyeron que los cambios de identidad de Carlos Gardel tenían que ver con sus antecedentes en el delito. Al parecer, en 1904 cuando lo buscaba su madre tras huir del hogar y no había razón para mentir, los datos filiatorios que dio a las autoridades son Carlos Gardez, nacido en Toulouse, hijo únicamente de Berta Gardez. Es muy probable que el policía que hizo el expediente, sostienen, se haya equivocado poniendo una zeta en lugar de la ese, que era el verdadero apellido de Berta.

Pero el prontuario del “pibe Carlitos” era fuego puro y, según esta investigación, Carlos Gardel registraba antecedentes penales de estafador mediante el cuento del tío. Pero en la década de 1920, para obtener el pasaporte y poder ir de gira al exterior, sin que saliera a la luz su pasado non sancto, se presentó en el consulado uruguayo diciendo que había nacido en Tacuarembó en 1887, y que era hijo de Carlos y Berta Gardel.

A una muy temprana edad, trascendió con su voz y su canto. Con poco más de diez años, Gardel trabajó como tramoyista en el Teatro de la Victoria y, más tarde, pasó al Teatro de la Ópera, donde conoció a numerosos artistas de la época.

En 1911, luego de un duelo musical, surgió su amistad y dúo artístico con José Razzano, quien lo acompañaría con la guitarra durante más de una década. Al poco tiempo, Gardel grabaría sus primeros discos y, años más tarde, sus primeras películas.

Las décadas de 1920 y de 1930, hasta su muerte ocurrida en 1935, marcaron el auge de su trayectoria artística. Durante ese período descolló cantando en los más importantes teatros porteños y realizando varias giras internacionales.

A fines de 1933 emprendió su larguísima y última gira. Luego de visitar Barcelona, París, Nueva York, Puerto Rico, Venezuela y otros países caribeños, Gardel murió trágicamente el 24 de junio de 1935, junto a alguno de sus músicos, incluido Alfredo Le Pera, cuando el aeroplano en el que viajaban se estrelló al despegar del aeropuerto de Medellín. Apenas había superado los 40 años.

Una de las tantas polémicas en torno a la vida del zorzal criollo tiene que ver con los romances que se le atribuyeron: Mona Maris, Imperio Argentina María Esther Gamas, Sadie Barón Wakefield, Gaby Morlay, Perlita Greco, Magali de Herrera son algunas de las más destacadas. Sin embargo, según sostienen Lucía Gálvez y Enrique Espina Rawson, las relaciones que mantuvo Gardel con Madame Jaenne y con Isabel del Valle fueron sus romances más estables.

Compartimos aquí un artículo sobre el dilatado romance que Gardel sostuvo con esta última. La nota recoge el testimonio de la misma Isabel del Valle. Si ella asegura la firme determinación que tenía la pareja de casarse y establecerse en Uruguay, existen documentos que desmienten tales intenciones por parte del “morocho del Abasto”.

De acuerdo con Gálvez y Espina Rawson, el romance existió y se extendió durante doce años, pero con el tiempo “Gardel se fue alejando de Isabel y de su familia, harto de sus exigencias y peticiones. Primero los hermanos y luego la misma madre cansaron al generoso Gardel con sus pedidos de dinero. (…) Las cartas de 1934 a su administrador Armando Defino son muy fuertes y categóricas: Carlitos está cansado de las ingratitudes y prepotencias de la familia y de su propia novia y quiere terminar de una vez la relación. Bastan algunos párrafos para demostrarlo: ‘Se acabaron las subvenciones mensuales y bajo ningún concepto debes darle un centavo más. En cuanto a la casa (de la calle Directorio) la iremos pagando poco a poco sin que nos pese, para no perder lo que ya pagamos y para devolver gentilezas por sinvergüenzadas. Vos sabés cuáles son mis ilusiones para el porvenir: quiero trabajar para mí, para poder darle una situación a mi viejita y para poder disfrutar con cuatro amigos viejos el trabajo de treinta años. Estoy dispuesto a no hacer más tonterías. La de Isabel y Cía. será la última (…) Es necesario separarnos de toda esa familia’”.

Fuente: “De este grone que te adora”, por Rubén Pesce y Antonio Mercader, Revista Siete Días, Nº 369, 17 al 23 de junio de 1974.

“De este grone que te adora”

Siete días logró rescatar de su mutismo a Isabel del Valle, la mujer con quien Carlos Gardel había pensado casarse. En Montevideo, en donde ella reside, y también en Buenos Aires, se cosecharon testimonios del romance, jamás ventilado. (…)

La semana pasada, dos informes recalaron en la redacción de Siete Días; uno era el elaborado por el corresponsal uruguayo Antonio Mercader, que había entrevistado a Isabel del Valle. El otro lo preparó Rubén Pesce en Buenos Aires, quien rastreó y obtuvo un precioso material gráfico sobre el romance de Isabel con Carlos Gardel, a lo cual sumó las declaraciones de Ignacio del Valle, hermano de Isabel y amigo de Carlitos.

En algunas partes esos informes no coinciden; es que el tiempo parece haber desdibujado algunos acontecimientos. De cualquier forma, los testimonios resultan tan valiosos que se prefirió dejarlos como estaban, respetando las contradicciones. Remendarlos hubiera sido cometer una tropelía contra la memoria del Mago: los mitos son siempre paradójicos.

Isabel del Valle vive en la barra de Maldonado, quince kilómetros al este de Punta del Este, en una casona de dos plantas que hasta hace dos años fue hotel y hoy funciona como restaurant durante la temporada veraniega.

Tiene 67 años, es argentina, está casada con Mario Fattori, italiano, ex cantante lírico que llegó a brillar décadas atrás (actuó incluso en el Metropolitan de Nueva York). Tiene un hijo, Martín, de 26 años, y dos nietos, uno de tres años y otro de seis meses. La barra de Maldonado, una aldea marina, ubicada donde el arroyo Maldonado desemboca en el océano Atlántico, se convirtió, en la última década, en subbalneario de Punta del Este y centro preferido por el más sofisticado turismo (argentino, en especial). Los turistas que llegan a la pintoresca barra no conocen, por supuesto, el pasado de Isabel del Valle, o la identifican sólo como la ex dueña del hotel La Barra y propietaria del restaurant del mismo nombre que todavía abre todos los veranos. Para los pobladores permanentes de la barra, es una personalidad notoria. Isabelita, como la llaman todos, fue «la eterna novia de Gardel». Muchos de ellos han escuchado sus relatos sobre la época en que vivía en Buenos Aires y acompañaba al cantor a todas partes.

A veces llega gente desde lejos, periodistas, admiradores del Magoo simplemente curiosos con ganas de conocerla. En esos casos, se retrae.

Hace más de veinte años que ella y su marido eligieron la barra para vivir tranquilos y estar a salvo de la publicidad que la marcó definitivamente como «La novia de Gardel». Volver otra vez a un primer plano, a través del recuerdo de su largo y apasionado romance con Gardel, es algo que disgusta a Isabelita y a su marido. Por eso es difícil para los periodistas lograr entrevistarla.

Tras superar su obstinada negativa y sus mil prevenciones, Siete Días dialogó con ella.

«Tenía catorce años cuando conocí a Gardel. Su secretario, un tal Martínez, era pariente de mi familia. Por su intermedio, Gardel se vinculó a mi casa. Martínez le contó un día que mi madre era una excelente cocinera y que hacía como nadie el arroz a la valenciana… A Carlitos le gustaba la buena mesa y ahí mismo le dijo a Martínez que quería una demostración práctica. Así fue que vino a casa por primera vez. Así lo conocí. Vivíamos entonces en una casona de Sarmiento y Pellegrini. Gardel llegó sonriendo y haciendo chistes. Comió el arroz a la valenciana y le dijo a mi madre, medio en broma y medio en serio, que se iba a convertir en un pensionista más…

Desde entonces quedó siempre vinculado a nosotros.

Yo era muy joven pero tenía una marcada inclinación por la música. Conocer a Gardel, que ya era un personaje en aquella época (año 1921), era lo más importante que me había ocurrido hasta entonces. A mí me cautivó, como a todos, por esa simpatía y buen humor que tenía.

Gardel, ya le dije, era asiduo visitante de mi casa. Con su consejo y ayuda hice algunos cursos de música en Buenos Aires. Me gustaba cantar y Carlitos me alentaba. Cuando salió en gira para Francia (año 1933) me ayudó para que yo viajara con mi madre a Italia, a tomar clases con una gran profesora de canto lírico. En Europa nos encontramos aquella vez porque él vino a vernos a Italia.

Más adelante, Carlitos y yo empezamos a salir juntos. Él me pasaba a buscar por casa —yo vivía entonces en la calle Directorio, en Buenos Aires—. Íbamos juntos a comer al restaurant de Conti, que frecuentaban los artistas. Quedaba en la calle Bartolomé Mitre, entre Suipacha y Esmeralda, frente al Mercado del Plata. Íbamos al cine, al teatro y al box. ¡Cómo le gustaba el boxeo a Carlitos!

Cuando Carlitos tomó el barco en Buenos Aires, la última vez que lo vi, fui a despedirlo porque yo siempre lo acompañaba en todas sus partidas. Muchas veces era la única que estaba con él en esos momentos, porque ni la mamá iba a despedirlo. En aquella ocasión, antes de partir en el último viaje, recuerdo que nos sacamos una foto con Legui (Leguisamo), Maggio y otros.

Después de que Carlos murió en el accidente, me vine a Uruguay. Aquí me casé y tuve un hijo. Después de estar un tiempo en Montevideo nos mudamos a la Barra de Maldonado. Pusimos el Hotel de la Barra, donde nos fue bien hasta que cerramos, hará unos dos o tres años. Ahora, en verano, sólo abrimos el restaurant. Yo soy la encargada de hacer la comida. Sí, heredé de mi madre la buena mano para la cocina.

Mis recuerdos de Carlitos son todos muy lindos. Siempre digo que él era como un chico grande. Le gustaba hacer chistes, jugar continuamente. Y siempre estaba muy alegre. También era sensible, a veces demasiado. En las películas sentimentales, recuerdo haberlo visto más de una vez con los ojos llorosos cuando se encendían las luces, al terminar la función.

Carlitos tenía un montón de amigos en Montevideo a los que quería mucho. Tanto le gustaba este país, Uruguay, que había comprado en Montevideo, en el barrio Carrasco, un chalet precioso. Habíamos pensado en casarnos y vivir allí en Carrasco. ¡Cuántas veces hablamos de hacerlo! Pero el accidente de Medellín lo impidió.»

La catástrofe de Colombia transformó —en verdad— la vida de Isabel. Hasta entonces era una cantante y actriz promisoria. Tras la muerte de Gardel, Isabelita dejó el canto y el teatro, y en 1944 se estableció en Uruguay, pasando a formar parte de un mito.

(…)

Según cuenta su hermano, la última vez que Isabel vio a Carlos fue a bordo del barco que se lo llevaba para siempre, el 6 de noviembre de 1933. De ese día datan las últimas fotos en las que se los ve juntos. Aquella vez, Gardel le reiteró una promesa: «Tené paciencia, gordita, que a mi regreso nos casaremos y seremos felices como nadie». Pensaba que entonces iniciaba la última etapa de su carrera. Tenía otros proyectos, ansiaba cambiar de vida.

(…)

Cartas y tarjetas postales
«Aunque Carlos era un poquito haragán para escribir», (estas cartas) testimonian el cariño que el cantor dispensaba a su prometida. Se transcriben dos de las últimas:

«Mi único y gran amorcito: ¡Si supieras cómo te extraño, pues nunca creería que te fuera a sentir tanto! Me parece que todo es triste, que todo es feo; en fin, me aburro enormemente; y eso que soy muy halagado, muy felicitado y muy querido por todos; pero con eso no estoy conforme. Me falta algo, y ese algo sos vos, queridita Isabel. Pero no importa: pronto llegaré y será para no separarme más…»

«Queridita Isabel: Después de saludarlos a todos y esperando se hallen bien de salud, pues yo estoy bien por el momento; el resfrío me ha pasado por completo y canto ahora como un jilguero, gracias a la buena estrella que me acompaña. Estoy contento por lo que me decís que me van a hacer unas gorras de lana para la cabeza, así no me resfrío más. .. Cada vez que me peino y me paso el cepillo por la cabeza, me acuerdo de vos: éste es el cepillo de mi negra querida, y se me hace que te veo. .. Ahí tenés mis besitos en un corazón [dibujo] si no es parecido, es entonces una pera. Chau!».

Fuente: www.elhistoriador.com.ar