Julio Cortázar (Revista Redacción)


Fuente: Jorge Raventos, Revista Redacción , desde Roma, Junio de 1974.

«En mi perspectiva, política y moral son indisolubles», expresó Julio Cortázar en la entrevista concedida a Redacción, único medio argentino que estuvo presente en las sesiones del Tribunal Russell reunido en Roma para escuchar e informar sobre las torturas y crímenes políticos en Latinoamérica.

Enfundado en una campera azul, acomodando con dificultad su largo cuerpo desgarbado en la estrecha butaca del microcine del Sindicato de Trabajadores Metalmecánicos, escenario de las últimas deliberaciones del Tribunal Russell reunido en Roma, Julio Cortázar siguió con minuciosa atención todas las sesiones, escuchó a los testigos, tomó notas, hizo comentarios apasionados a sus colegas. Después de varios años de inactividad política, Cortázar parece haber descubierto un mundo nuevo: explicó al cronista que estaba ocupado por muchos meses con «todos estos problemas de Latinoamérica». No se refirió, en cambio, a su tarea literaria, como si quisiera mantenerla en segundo plano. Dos jornadas después que tuviera que dar su fallo como uno de los jurados del Tribunal, un mediodía, Cortázar escuchó las siguientes preguntas de
Redacción y se dispuso a contestarlas con cierta alegría al descubrir que, al menos, un órgano de la prensa argentina había estado presente en las audiencias.

Al despedirse, una broma reveló los fantasmas políticos que aún rondan su cabeza («Mándeme un ejemplar de la revista a mi casa de París, en la rue d’Eperon… Como usted ve, no puedo alejarme mucho del general…»).

He aquí la trascripción del reportaje:

¿Qué función política le atribuye al Tribunal Russell?
En mi perspectiva, política y moral son indisolubles, aunque la práctica tienda a mostrar otra cosa. Por eso, entiendo que al cumplir una función esencialmente ética y moral, el Tribunal Russell está desempeñando a la vez una tarea política que apoyo con todas mis fuerzas. A este Tribunal llegan testigos que narran las experiencias monstruosas por las que han pasado bajo los regímenes vigentes en Brasil, Chile, Bolivia, Uruguay y Paraguay; esos testigos son interrogados por juristas de prestigio mundial, capaces de apreciar la validez de cada testimonio. En esta reunión me tocó formar parte del jurado, y mis conclusiones personales fueron el resultado de ocho días de audición de testigos y de informes de relatores. De esa acumulación de testimonios solo podía resultar una sentencia unánime por parte de los jurados, entre los cuales figuraban Gabriel García Márquez, Armando Uribe, Laurent Schwartz, Alfred Kastler y Lelio Basso; esa sentencia, obvia y desgraciadamente sin aplicación posible, representa el repudio más enérgico de las infinitas violaciones de los derechos humanos llevadas a cabo por los regímenes que pretenden gobernar a los países citados más arriba, así como la condena del imperialismo norteamericano que los asesora.

Estas largas sesiones en las que se describen los horrores de la tortura y los regímenes militares, ¿no terminan siendo contraproducentes? Es decir, ¿no terminan convirtiendo lo horroroso en algo cotidiano, la tortura en una noticia tan natural como un accidente automovilístico?
Pienso que al preguntar esto se confunde el procedimiento propio de todo tribunal con las repercusiones morales y políticas que puede tener su fallo. Para empezar, si bien las sesiones de Roma fueron públicas, la capacidad de una sala de reuniones es insignificante con relación a los millones de personas para quienes la acción y las conclusiones del Tribunal Russell tienen importancia. Si el interminable desfile de testigos, y sus relatos sobre las torturas, las prisiones y los asesinatos, pueden resultar “contraproducentes” por mera repetición y acostumbramiento, en todo caso ese efecto no se manifestó en el jurado encargado de extraer las conclusiones de esos cargos y pronunciarse en una sentencia final. A ello se agrega algo todavía más importante: la verdadera eficacia, la fuerza más auténtica del Tribunal Russell no reside en el efecto inmediato y circunstancial de sus reuniones, sino en la labor de información universal que podamos llevar a cabo sobre la base de lo que escuchamos y concluimos en la reunión de Roma. La publicación de las actas, por ejemplo, que se hará en diversos idiomas, permitirá que una gran cantidad de lectores no siempre bien informados se entere de lo que es la tortura en el Brasil o el baño de sangre en Chile, y eso con nombres, circunstancias precisas, cargos irrefutables que ningún servicio diplomático de propaganda de los países condenados podrá desmentir sin agregar el ridículo al crimen. Creo, pues, que responder a esta pregunta sigue siendo parte de las tareas de un jurado del Tribunal Russell; creo asimismo que quien hace la pregunta en tanto que periodista, está trabajando igualmente en el buen sentido. Hay que multiplicar la información sobre esa marca de infamia que cada día se desborda en América Latina, y una vez más las máquinas de escribir de los hombres libres deben abrir su fuego de palabras contra la violencia y el desprecio de tanto déspota ensoberbecido.

A riesgo de cansarlo con una vieja pregunta: ¿Por qué hace usted política latinoamericana desde Europa? ¿No considera la posibilidad de volver a la Argentina y actuar públicamente en el país como intelectual y como socialista?
No se equivoca al suponer que la pregunta me cansa; sin embargo, asumiré a mi vez el riesgo de que la respuesta canse a muchos lectores, por repetida y por obvia. Aunque el general Perón se equivoca al afirmar que la guerrilla latinoamericana está dirigida por gente que vive nada menos que en París, puesto que en ese terreno nada se dirige desde lejos, en cambio hubiera acertado al imaginar que muchos latinoamericanos con sede en Europa cumplen un trabajo mucho menos espectacular pero probadamente eficaz en materia de defensa de las diversas soberanías nacionales amenazadas por el imperialismo norteamericano y por sus lacayos de entre casa, en general uniformados. En el caso de Chile, para no citar más que un ejemplo, el trabajo que muchos cumplimos en Europa no podría llevarse a cabo en otro continente, y constituye un complemento importante del resto de la acción mundial en favor del pueblo chileno. Lo mismo cabría decir del Tribunal Russell, cuya condena del vandalismo brasileño, chileno o paraguayo influirá ciertamente en muchos aspectos de las relaciones entre los países europeos y esos regímenes. No seamos ingenuos: la lucha contra el mal se está llevando a cabo en escala planetaria, y los reclamos de orden nacionalista, por respetables que sean, deberían tener en cuenta que algunas instancias de esa lucha deben cumplirse muy lejos de las bases locales. Hace un año y medio fui a la Argentina para estar presente cuando se publicara un libro en el que entre otras cosas denunciaba la escalada de la tortura y la muerte bajo el régimen de Lanusse; en ese momento, todo lo que hice en mi país coincidió con lo que usted denomina “actuar públicamente como intelectual y como declarado socialista”. Esa tarea sigue para mí en Europa, y no es menos “pública” por el hecho de que no esté viviendo físicamente en la Argentina. Muy al contrario, en cierto sentido, porque tal como se plantean hoy las cosas en mi país, dudo de que mi eventual actuación fuera “pública”; prefiero, pues, seguir en lo mío -en estos momentos la lucha contra el régimen chileno, y la información derivada de la reunión del Tribunal Russell-, a la espera de otra coyuntura en la que me parezca útil aparecerme por el lado de Ezeiza.