La evolución de la crianza


La crianza en el buen vino es muy importante. Tanto que hasta hace muy pocos años este proceso influía en el vino más que la variedad de uva o el terruño mismo.

Todo empezó hace muchos años y por la necesidad básica de contener el vino para transportarlo. Ya sea en carreta o en barco, desde el siglo XIX el contenedor por excelencia era  el tonel de madera. Y en algunas oportunidades, las largas travesías con el impacto de las altas y bajas temperaturas del viaje, transformaban los vinos para bien. Así fue que los franceses, primero, y los italianos y españoles, después, comenzaron a criar sus vinos en roble. Al principio eran grandes toneles generalmente de maderas provenientes de los bosques de Nancy. Algunos de ellos se siguen utilizando hoy en día en Bodegas López. Esas grandes cubas servían para fermentar los vinos y luego para criarlos, ya que la micro-oxigenación allí lograda brinda a los vinos una mayor complejidad, sabores añejos y texturas más suaves. Con el correr de los años las formas y los tamaños comenzaron a variar, cónicas, ovoideas, redondas, etc. Hasta que empezaron a aparecer las pequeñas barricas de roble francés, que rápidamente los americanos emularon.

Estas llegaron a nuestro país tímidamente a fines de los noventa y casi masivamente con el nuevo milenio. Ya que el roble, y los sabores que transfiere al vino, eran sinónimo de vinos de alta gama y calidad internacional. Es decir que hasta ese entonces todas las bodegas criaban sus vinos en grandes toneles, pero no exportaban. Y luego todas, salvo López, los erradicaron y reemplazaron por barricas de 225 litros. En ellas se llegó a criar el vino hasta “el 200% en roble nuevo”. Es decir que luego de un año de crianza, el vino se pasaba a otra barrica nueva para que vuelva a reposar un año en roble sin uso.

Esta fue una de las claves en el gran cambio de paradigmas de los vinos argentinos. Antes más suaves y con sabores amables donde el tiempo de crianza era el que marcaba la calidad del vino. Pero con el roble nuevo en pequeños formatos, llegaron vinos más concentrados, y algunos iban más allá por las sangrías (escurrir una parte del jugo antes de la fermentación).

Entonces, el quid de la cuestión fue dominar la madera. Al principio el sabor a roble fue bienvenido por el consumidor. Pero con los años, su abuso cansó un poco los paladares. Por suerte, al mismo tiempo los enólogos aprendieron a manejar las barricas y sus tostados, y comprendieron que la concentración había que lograrla en el viñedo.

Así, empezaron a llegar vinos criados y fermentados en roble sin sabores evidentes a madera, pero si con la estructura y elegancia que brindan los taninos del roble. La clave estuvo en la uva, pero también en el manejo de las barricas. Se comenzaron a utilizar mucho más las barricas usadas, incluso en los vinos más importantes de las bodegas. En otros casos se redujo bastante su uso, como en el Chardonnay, por ejemplo.
Y fue ahí cuando irrumpió el cemento. Sí, las viejas piletas de concreto revivieron al punto hoy de ser más protagonistas que el roble. Hace muchos años, cuando los tanques de acero inoxidable no habían llegado a la industria del vino, en las bodegas se construían piletas cúbicas de cemento. Muchas bodegas recuperadas no sólo las mantuvieron, sino que las recubrieron con pintura epoxi (inerte). Pero el aluvión del acero inoxidable de los noventa y la invasión de barricas pequeñas (225 litros) de roble francés y americano, definieron una nueva arquitectura en las bodegas.

No obstante, por la saturación de los vinos en roble y sus altos costos (una buena barricas francesa cuesta alrededor de 1000 Euros), y la necesidad de llevar a la botella las flamantes mejoras en la viña, regresó el cemento, y fue con gloria. En muchas bodegas nuevas se construyeron piletas pequeñas (de 3000 a 10000 l) para poder vinificar parcelas por separado, y así emular la practicidad de los tanques. Pero el cemento es más noble, y más si no se lo recubre con pintura epoxi. Sus anchas paredes permiten un cambio gradual de temperatura, favoreciendo así la estabilidad de los vinos. Y fue entonces que empezaron a aparecer los diversos formatos que hoy son las estrellas que todo turista quiere fotografiar en sus visitas a bodegas. Primero fueron los huevos de cemento, luego llegaron las ánforas de distintos formatos pero siempre ovoideas, rememorando las primeras vasijas de tierra y cerámica en los que se hizo vino hace miles de años. También hay cubos y esferas de concreto. Allí, no solo se fermenta, sino que también se cría el vino.

Pero esto no es una carrera, sino una evolución. Y el roble siempre será gran compañero del vino. No por casualidad, los mejores exponentes del mundo siguen criándose por largos períodos y en barricas nuevas. Y es por eso que empiezan a aparecer en las bodegas locales, barricas de mayor porte, 300, 400, 500 y 600 litros.

En todo caso, los productores deben decidirse por el mejor método para sus vinos. Y el consumidor elegir los vinos que más disfrute. Porque en definitiva, el que trasciende es el vino y no su crianza, mas allá del método o el tiempo. Y las pruebas sobran en el mercado.  El ícono de la nueva movida es Concreto, un Malbec de Paraje Altamira de los Zuccardi; quienes inauguraron la primera bodega del lugar a principios de 2016, y donde todos los vinos se elaboran en cemento, y muchos de ellos también se crían allí. El Concreto no sólo convive con cientos de vinos criados en barricas de roble francés y americano, sino que además lo hace con el Montchenot, un clásico de clásicos que se cría al menos cinco años en grandes toneles de roble.

5 vinos argentinos con crianza 
notas de cata publicadas en www.fabricioportelli.com

Montchenot 2005
Bodegas López, Maipú, Mendoza (Oct2016 $245)
Si el primero fue de 1956 (y se lanzó hacia fines de los 60´), y nunca se dejó de hacer, este 2005 tiene el privilegio de ser el Vintage 50. Y qué cambió, nada más que la añada. Porque el blend sigue siendo Cabernet Sauvignon (alrededor de un 70%), con Merlot y un poco de Malbec, criado en toneles y estibado en botellas por diez años. Sin embargo, es el Montchenot más fresco de los últimos tiempos, con la especia típica del Cabernet que domina, su textura incipiente y tersa a la vez, con toda su gama de aromas y sabores que propone el paso del tiempo. Un vino de trago amable y complejo como pocos, con clase y estilo propios. Beber entre 2016 y 2020.
Puntos: 91

Susana Balbo Barrel Fermented Torrontés 2016
Susana Balbo Wines, Altamira, Valle de Uco (Oct2016 $394)
Sorprende que sea fermentado en barricas porque no hay rastros, al menos en aromas y sabores, del roble. Pero sí se nota en sus texturas y armonías. De aromas delicados y florales, paladar refrescante y vivaz. Sin profundidad pero con clase, incluso con dejos herbales. Paladar mordiente e integrado, ideal para llevar a la mesa. Este blanco es más vino y menos Torrontés que el 2015, porque si bien su tipicidad se siente, es la austeridad de su paso por boca la que define su carácter. Y su tensión y volumen hablan de un atractivo potencial. Beber entre 2016 y 2018.
Puntos: 92

Casa Boher Gran Reserva 2013
Rosell Boher, Los Árboles, Valle de Uco (Oct2016 $450)
Cuando Pepe (Alejandro Martínez Rosell) empezó a confiar en la viña propia se animó a subir la vara de sus vinos tranquilos, para intentar estar a la altura de sus prestigiosos espumosos. Así nace este nuevo blend de Los Árboles que variará en función a la calidad de las uvas de cada añada. Con Malbec proveniente de las mejores barricas nuevas, con un 10% de Merlot, suficiente para cambiarle el destino a las 8000 botellas.
De buen volumen, con fluidez y carnosidad. Armónico y atractivo carácter de Malbec moderno,  con  taninos finos e incisivos. Aún se lo siente joven, con los ahumados delicados de la madera conviviendo con la expresión del vino, y las especias (del Merlot) ganando el final de boca. Es un tinto fresco pero con potencia y dejos herbales, algo cálido en su carácter pero moderno en su concepción. Se nota la mano y las intenciones del enólogo porque mantiene la estirpe amable de la línea subiendo la apuesta. Se puede tomar o se puede guardar. Beber entre 2016 y 2020.
Puntos: 91

Luigi Bosca De Sangre 2014
Luigi Bosca, Mendoza (Oct2016 $460)
Este vino, que nació con un concepto tan claro, no cambia su esencia, sólo la cosecha. El blend sigue siendo Cabernet Sauvignon de Finca Los Nobles (Las Compuertas, Luján de Cuyo), Syrah de Finca El Paraíso (El Paraíso, Maipú), y Merlot de Finca La España (Carrodilla, Luján de Cuyo). Fue concebido como un vino homenaje a la familia. En esta 2014 sus aromas se sienten clásicos e integrados, en boca con cierto músculo y sabores francos. Un carácter frutal austero y finamente maduro, con especias y suaves tostados de la crianza (un año en barricas nuevas). Sorprende por sus texturas, que  hablan de un vino más joven en su carácter, pero siempre dentro del clasicismo que lo identifica desde su nacimiento en 2008. Beber entre 2016 y 2020.
Puntos: 91

Concreto 2015
Zuccardi, Paraje Altamira, Valle de Uco (Oct2016 $600)
Es un Malbec pero no es un Malbec, sino un vino de concepto que al mismo tiempo va buscando su mejor forma y del que apenas van dos cosechas (2014 y 2015).  Se nota que Sebastián Zuccardi quiere inaugurar un nuevo estilo apoyado en las texturas. Este 2015 ha ganado en volumen y profundidad, a la vez es más negro que rojo en su carácter frutal, y eso lo cambia un poco respecto de su antecesor. De paladar refrescante, con buena fluidez y los dejos herbales más marcados. Su textura está bien lograda, con taninos incipientes y finos que forman parte de su carácter. Es más profundo y voluptuoso, ya no tanto un vino de ataque, y un par de años en botella le van a venir muy bien. Beber entre 2016 y 2020.
Puntos: 93