Las corridas de toro


Las corridas de toros causaron profunda impresión entre algunos visitantes de estas regiones. Importadas de España, la primera realizada en Buenos Aires tuvo lugar en 1609. Inicialmente se hacían en la Plaza Mayor -actual Plaza de Mayo-, pero más tarde se construyeron predios especialmente diseñados en los barrios de Monserrat y de  Retiro. En este último, en 1801 se erigió una plaza de toros con capacidad para 10.000 espectadores. Sin embargo, tras la Revolución de Mayo, con la llegada de los gobiernos patrios, comenzó el ocaso de este cuestionado espectáculo. La reacción antiespañola contribuyó en buena medida a atenuar el fervor que causaba este entretenimiento. En diciembre de 1818 el Cabildo decidió dar las últimas funciones en la plaza del Retiro, y al año siguiente el predio fue demolido, dando la estocada final a esta diversión, que pronto perdería sus últimos adeptos por estas tierras. A continuación, reproducimos las impresiones de Samuel Haigh, un comerciante inglés que viajó por América del Sur entre 1817 y 1827 y dejó sus impresiones en Bosquejos de Buenos Aires, Chile y Perú, un libro publicado en Londres en 1831.

Fuente: Samuel Haigh, Bosquejos de Buenos Aires, Chile y Perú, Buenos Aires, Biblioteca de La Nación, 1918, pág. 30-31.

Las corridas de toros, los teatros y los reñideros generalmente están llenos. Un día, comiendo en compañía de varios caballeros ingleses, propusieron ir a ver una corrida de toros que prometía ser grandiosa por ser día festivo y, en consecuencia, allá nos encaminamos. La calle que conduce a la plaza en las afueras de la ciudad, de cerca de media milla de largo, estaba apiñada de gente en calesas o a pie, y damas sentadas en las ventanas o balcones, a ambos lados de la calle, daban al acceso aspecto animadísimo.

Encontramos la plaza (área espaciosa rodeada por un anfiteatro) ya repleta de concurrencia bien vestida de ambos sexos de todas las clases, desde el gobernador y su esposa hasta el gaucho y su mujer.

Los toros se lidian uno por uno y a veces se matan veinte en la tarde. Se abre el toril y un toro salvaje, previamente excitado casi hasta volverlo loco, entra al redondel dando saltos, latigueándose los flancos con la cola, y la boca espumante; luego se planta inmóvil y busca alrededor objeto que atacar. Sus oponentes son dos picadores a caballo, armados de pica; ocho o nueve capeadores a pie, y un matador que aparece cuando el toro ha de ser despachado.

El espectáculo pronto adquiere mucha animación, pues el toro atropella uno tras otro a sus enemigos. El picador requiere gran fuerza y agilidad para resistir las arremetidas desesperadas del bruto, y he visto el caballo de uno de ellos y el toro, ambos con las manos en el aire, sostenidos un instante por la sola pica que ha penetrado en la paleta del segundo, forzándolo así a hacerse a un lado. Después los capeadores lo rodean, y le colocan banderillas de fuego en el cuello y paletas, y entonces se enfurece como loco y acomete ciego, y embiste al acaso todo lo que encuentra, hasta que, así molestado y atormentado algún tiempo, se llama a gritos al matador que lo despache y éste aparece con muletilla roja en la mano izquierda y larga espada recta en la derecha. El toro lo mira fijamente, mientras él ondea la muletilla, y hace una arremetida que el matador evita con grande agilidad; después de pocos pases, el matador agita la muletilla por última vez y recibe la arremetida del toro con la espada, que se aloja en la res de su víctima, y ésta cae, como piedra, muerta a sus pies. Grandes aplausos y pañuelos agitados animan a los espectadores, y cuatro gauchos a caballo entran a galope al redondel revoleando lazos que en un abrir y cerrar de ojos se ciñen a los cuernos y patas del toro, y prendiéndolos al recado, sacan aprisa el animal muerto de la arena, envuelto en una nube de polvo.

Pronto aparece otro toro y continúa la diversión como antes. A veces es matado un hombre entre aplausos de los espectadores y, con mucha frecuencia, caen caballos corneados. En esta ocasión fueron heridos dos caballos, y uno corrió alrededor del redondel con los intestinos de fuera. Esa tarde se mataron diez y seis toros.

A veces, cuando el toro se muestra muy valiente, los espectadores piden su vida, pero esto es solamente un respiro para el animal, pues se le conserva para torturarlo y matarlo en una corrida futura. (…)

Fuente: www.elhistoriador.com.ar