Papeles subversivos en tiempos de la Colonia


Fuente: Felipe Pigna, 1810.  La otra historia de nuestra Revolución fundadora, Buenos Aires, Planeta, 2010, págs. 73-84, adaptado para El Historiador.

Una de las vanas pretensiones de las autoridades virreinales en América era impedir que los habitantes de la extensa región del Plata “tomaran conocimiento de las novedades de Francia”. No podían evitar la Revolución Francesa, pero quería esconderla bajo la alfombra. Misión ciertamente imposible. Para esta tarea la corona contaba con la “Santa Inquisición” y los tribunales de vigilancia. (…)

Un dato aparentemente económico trajo consecuencias políticas: desde fines del siglo XVIII se había restablecido oficialmente el nefasto tráfico negrero en Buenos Aires. Los barcos que traían la carga humana gozaban de una franquicia para cargar productos del país y no volver con las bodegas vacías. Esto multiplicó notablemente el tráfico marítimo. Las noticias llegaban en los diversos barcos que aprovisionaban un puerto bastante surtido como el de Buenos Aires y, con ellos, papeles y libros sobre la revolución que estaba cambiando al mundo. (…) Uno de aquellos “papeles”  era una edición clandestina de la Declaración de los Derechos del Hombre, traducida por el patriota Antonio Nariño e impresa en Bogotá en 1794. (…)

Los desvelos de los señores virreyes
Allá por el año 1799 el entonces virrey, marqués de Avilés, estaba muy preocupado por el clima de ideas que se estaba gestando en la hasta entonces tranquila Santa María de los Buenos Ayres. Reunió a su gente, particularmente a sus “escuchas” en tertulias, atrios, plazas y mercados, y con la información recibida como materia prima redactó un bando amenazando a los porteños díscolos con duros castigos para quienes cayeran en la tentación y se procuraran lecturas prohibidas”. Al virrey le habían contado que se habían introducido papeles extranjeros con relaciones odiosas de insurrecciones, revoluciones y trastornos de los gobiernos establecidos y admitidos”.

En otro párrafo, no exento de cierta autocrítica a la pésima y corrupta administración colonial, decía: “Advierto en este pueblo algunas señales de espíritu de independencia, contagio que habrán adquirido por el demasiado trato que por desgracia nuestra han tenido con los extranjeros por varios accidentes. Sobre no haber reinado aquí la imparcial y recta justicia, no tengo la menor duda porque agavillada la mayor parte de los que tienen manejo en justicia y real hacienda sólo han atendido a sus utilidades peculiares y las de sus ahijados…” 1

Por la misma época, un servicial vecino de la ciudad-puerto, don Antonio Ortiz denunciaba a las autoridades, para congraciarse y cumplir con su santa fe católica, haber descubierto libros con ilustraciones de “figuras profanas que son falaz señuelo de perdición”. Se trataba de imágenes de Hércules, Venus y guirnaldas de flores, seguramente de algún imitador de Boticelli.

Parece ser que la biblioteca mejor surtida de la época era la de Juan Baltasar Maciel, 2 con 1009 volúmenes sobre teología, historia, literatura, derecho en general y algunos sobre geografía y ciencias físicas, en griego, latín, italiano, portugués y francés, además de los españoles. Estaban también representados Bayle y Voltaire. 3

Años después, en otro oficio muy reservado, el virrey Joaquín del Pino escribía el 20 de junio de 1802: “no omitiré aplicar mis desvelos al objeto principal del soberano encargo, estando persuadido por mis propias observaciones que, sin embargo, de que la mayor y más sana parte del público de esta provincia no se dejaría sorprender con facilidad de artificios de los extranjeros, el trato y correspondencias con el crecido número de éstos que ha aportado durante la última guerra ha variado el aspecto de las cosas que yo tenía comprendido desde que fui Gobernador de Montevideo, especialmente acerca de la libertad de discurrir, opinar y propalarse en los cafés y fuera de ellos, causando su ejemplo no pocos deterioros en lo moral y político: cuyos inconvenientes, susceptibles de mayor progreso si no se atajan en tiempo, cuidaré reprimir en cuanto pueda, como hasta ahora he procurado verificarlo en las ocasiones [anteriores]”. 4

Por lo que venimos viendo, para desazón del virrey del Pino, eran miembros de la “más sana parte del público”, como se llamaba entonces a los sectores más encumbrados de la sociedad, los consumidores principales de estas ideas sobre la “libertad de discurrir”. Lo que se explica fácilmente, si consideramos que la gran mayoría de la población era analfabeta y que el precio de los libros los hacía prohibitivos incluso para quienes, sabiendo leer, no contaban con un buen pasar económico.

Lo que ya no es tan fácil de explicar es por qué estos virreyes, tan poco afectos a las libertades públicas como se ve, siguen siendo homenajeados en la ciudad de Buenos Aires con elegantes calles del barrio de Belgrano que irrespetuosamente cortan la avenida Cabildo, la que rinde tributo al cabildo abierto del 22 de mayo, preámbulo de nuestra revolución fundadora.

Me mandaron una carta
En el escrito del virrey Del Pino, recién citado, aparecen dos de los principales medios por los cuales circulaban las informaciones en esa época: las charlas “en los cafés y fuera de ellos” (que, entre los sectores populares, eran reemplazadas por las conversaciones y discusiones en las pulperías, plazas de mercado y atrios de las iglesias) y “las correspondencias”. La mayor parte de las noticias lejanas llegaban a través de las cartas que, con mucha demora, venían en las alforjas de los chasquis o en las sacas que traían en sus camarotes los capitanes de los buques.

El sistema de correos se había organizado a lo largo del siglo XVIII, y como casi todo en la colonia funcionaba por concesión de la corona: el administrador de correos de cada jurisdicción compraba el cargo, comprometiéndose a mantener el servicio. Quien recibía una pieza de correspondencia debía pagar el importe fijado, ya que no existía el sistema de estampillado que entraría en vigencia recién a mediados del siglo siguiente. Tampoco existía, en las monarquías absolutistas como la que regía en estas tierras, el principio de la “inviolabilidad de la correspondencia”. Más aún: una de las obligaciones de los administradores de correos era denunciar ante las autoridades y entregarles cualquier papel que pareciese sospechoso.

Por este motivo, buena parte de las cartas no circulaba por el servicio de correo, sino por medio de viajeros y emisarios. Hay que tener en cuenta que, desde la apertura de los puertos de Buenos Aires y Montevideo al comercio con España y sus demás colonias, con el aumento del tráfico mercantil se incrementó también la circulación de correspondencia, que era vital para los comerciantes y sus actividades. Para mantener la reserva de sus “tratos”, muchos mercaderes preferían recurrir a este tipo de emisarios, que por cierto no estaban libres de que en cada puerto las autoridades registrasen sus pertenencias en busca de “papeles comprometedores”. A medida que la crisis del imperio español se fue acentuando, estos “registros” se hicieron más y más frecuentes.

Las cartas que llegaban a destino eran atesoradas, compartidas con amigos y, de esta forma, divulgadas. En muchos casos, incluso se copiaban partes sustanciales de esta correspondencia, para hacerla circular entre conocidos y relaciones, generando vías de comunicación que, aunque no eran necesariamente clandestinas, escapaban al control de las autoridades.

¿Dónde hay una gaceta?
La otra vía de información de lo que sucedía más allá del virreinato eran las comunicaciones y los periódicos traídos por los barcos, siempre en muy pocos ejemplares y con grandes demoras. Desde 1805, cuando su victoria en Trafalgar dio a los británicos el control de los mares, esta forma de informarse se volvió todavía más irregular. Basta recordar que la caída de la Junta Central de Sevilla, formalmente disuelta en Cádiz el 29 de enero de 1810, recién se conoció en Venezuela en abril y en el Río de la Plata a mediados de mayo de ese año. (…) A mediados de mayo de 1810, Agustín José Donado, concesionario de la Real Imprenta de los Niños Expósitos, pudo ver la copia de The London Gazette, fechada en febrero de ese año, que acababa de llegar al puerto de Buenos Aires vía Montevideo y que anunciaba la caída de la Junta Central en España. Los días de Cisneros como virrey y los de su Juzgado de Vigilancia estaban contados.

Referencias:

1 José M. Mariluz Urquijo, “Las ideas de independencia, según los informes de dos virreyes”, en revista Historia, Año II, Nº 6, octubre-diciembre de 1956, Buenos Aires, Unión Editores Latinos, pág. 153.
2 Maciel nació en Santa Fe en 1727, fue miembro del Santo Oficio y en el período 1770-1787 supervisó toda la educación de la diócesis. Fue consejero de varios virreyes. Sus ideas y su biblioteca influyeron en Saavedra, Vieytes, Belgrano, Moreno y Rivadavia. En 1787 el virrey Loreto lo consideró peligroso y lo envió al exilio en Montevideo, donde murió en 1788, poco antes de que llegase la respuesta real a su apelación, en la que se lo absolvía de culpa y cargo, restituyéndole todas sus propiedades y cargos. Dejó muchos escritos, entre ellos el romance “Canta un guaso en estilo campestre los triunfos del Excmo. Señor Don Pedro de Cevallos”, antecedente de la literatura gauchesca.
3 Alejandro Korn, “Las influencias filosóficas en nuestra evolución nacional”, en Anales de la Facultad de Derecho, Tomo IV, 2ª serie, Buenos Aires, 1914.
4 Los documentos citados en esta relación se conservan en el Archivo General de Indias, Audiencia de Buenos Aires, legajo número 500.

Fuente: www.elhistoriador.com.ar